El amor en la relación.

…Que fácil es destruir lo que amamos! Con qué rapidez se interpone entre ello y nosotros una barrera, una palabra, un gesto, una sonrisa! Un problema de salud, un cambio de humor o un deseo proyectan una sombra, y lo que era luminoso se vuelve sombrío y pesado.

El trato con el otro nos desgasta, y lo que era vívido y claro se vuelve molesto y  confuso. Debido a esa constante fricción, a las esperanzas y frustraciones, la belleza y la sencillez dejan paso al temor y a la incertidumbre.

La relación es compleja y difícil y muy pocos salen de ella indemnes. Aunque nos gustaría que fuera estática, duradera, ininterrumpida, la relación es un movimiento, es un proceso que se ha de comprender profunda y completamente, y no adaptar a normas internas o externas. El conformismo, que es la estructura social, pierde su peso y autoridad sólo cuando hay amor. El amor en la relación es un proceso purificador, porque revela los comportamientos del “yo”. Sin esta revelación la relación tiene poco significado.

Pero…Cómo nos esforzamos para impedir que esa revelación suceda!! La lucha adopta multitud de formas: dominación, subordinación, temor o esperanza, celos o resignación. El problema es que no amamos; y si lo hacemos, queremos que ese amor funcione de determinada manera, no le damos libertad. Amamos con nuestras mentes y no con nuestros corazones. La mente puede modificarse a sí misma pero el corazón no; la mente puede hacerse invulnerable pero el amor no puede; la mente siempre tiene la opción de retirarse, de crear un muro a su alrededor, de ser personal o impersonal, mientras que el amor no puede compararse ni protegerse. Nuestro problema es que a lo que llamamos amor pertenece en realidad a la mente, y, así, nuestros corazones permaneces siempre vacíos y expectantes. Es la mente la que se apega, la que envidia, la que amenaza y destruye. Nuestra vida está dominada por los centros físicos y por la mente. No somos capaces simplemente de amar, sino que ansiamos que se nos ame; damos sólo para recibir, lo cuál es la generosidad de la mente y no del corazón. La mente siempre busca certidumbre,seguridad, y ¿puede la mente garantizar el amor? ¿puede la mente, cuya verdadera esencia es el tiempo, captar el amor, que es su propia eternidad?

Pero incluso el amor del corazón tiene sus propias trampas, pues lo hemos corrompido hasta el punto que es vacilante y confuso. Es esto lo que hace la vida tan penosa y pesada. Un momento creemos amar, y al siguiente el amor se ha perdido. Nace una fuerza imponderable, que no es de la mente y cuyos orígenes no puede sondearse, y la mente una vez más la destruye, ya a que en esa batalla la mente parece salir victoriosa sin excepción. Este conflicto interno no puede resolverlo la mente astuta o el corazón indeciso; no hay ningún sistema, ningún camino para terminar con él. La búsqueda misma de un camino es otra argucia de la mente para seguir dominando, para eliminar el conflicto y estar así tranquila, para tener amor, para llegar a ser algo.

Nuestra mayor dificultad es darnos plena y profunda cuenta de que no hay ningún sistema con el que llegar al amor, de que el amor no puede ser un fin que la mente desea. Cuando comprendemos esto de forma real y profunda, entonces existe una posibilidad de recibir algo que no es de este mundo. Sin el contacto con ese algo, hagamos lo que hagamos no puede haber en la relación felicidad duradera.

Si usted ha recibido esta bendición y yo no, evidentemente estaremos en conflicto. Puede que usted no esté en conflicto pero yo sí lo estaré, y me asilaré en mi dolor y mi sufrimiento. El sufrimiento es tan excluyente como el placer, y, a menos que exista ese amor que no es fabricación de uno, la relación será dolorosa. Si existe la bendición de ese amor, no podrá usted dejar de amarme, sea yo como sea; porque en ese caso no moldeará usted el amor de acuerdo con mi comportamiento. Y, sin esa bendición, por más tretas que la mente ingenie, usted y yo estaremos separados a pesar de que en ciertos puntos quizá entremos en contacto; pues la integración no ha de ser con usted, sino que ha de producirse dentro de mí, conmigo mismo. En ningún momento es esta integración un producto de la mente; sobreviene sólo cuando la mente está en silencio absoluto, cuando ha llegado al final de su propia atadura. Únicamente entonces deja de haber sufrimiento en la relación.

Jiddu Krishnamurti, “Comentarios sobre el Vivir”, Edit. Kairós (Barcelona) Tómo I, pág 59 y sigs.

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