“Nuestro temperamento y no la realidad externa es lo que determina la medida natural e individual de nuestro dolor y placer”

Vivimos permanentemente quejándonos de los que nos pasa, de las circunstancias que nos toca vivir, creyendo que si cambiaran, automáticamente seríamos felices. ¿Será realmente así?

Schopenahuer nos dice que no. Para él es mucho más determinante nuestro temperamento que la realidad que debemos afrontar.

“…en todo individuo la naturaleza determina definitivamente la medida del dolor que es característica para él, una medida que no se podría dejar vacía ni tampoco colmar demasiado, por mucho que cambie la forma del sufrimiento. Según esta idea, el sufrimiento y el bienestar no vendrían determinados desde afuera, sino precisamente por esa medida o disposición, que podría experimentar algún aumento o disminución según el estado físico y los distintos momentos, pero en conjunto permanecería igual, siendo simplemente lo que se llama el temperamento de cada uno, o mejor dicho, el grado en que su mente sería mas liviana o más grave…”

“…Lo que apoya esta hipótesis no sólo es la conocida experiencia de que grandes sufrimientos hacen totalmente imperceptibles a los pequeños y, a la inversa, que en ausencia de grandes sufrimientos incluso las más pequeñas molestias nos atormentan y ponen de mal humor, sino además el hecho que la experiencia nos enseña, que una gran desgracia que nos hace estremecernos sólo de pensarla, cuando realmente ocurre, tan pronto como hemos superado el primer dolor, en conjunto no altera mucho nuestro estado de ánimo. Y también a la inversa, después de producirse un hecho feliz y largamente esperado, no nos sentimos, en conjunto , mucho más a gusto y cómodo que antes. Sólo el instante en que se produce dicho cambio nos conmueve de una manera inusitadamente fuerte, sea en la forma de un profundo lamento o en la de una exclamación de júbilo…”

Por eso, tendríamos que tener presente que pase lo que pase… “nadie se muere de dolor, ni explota de alegría”. Tarde o temprano nos acostumbraremos a la nueva situación, porque su importancia está “exagerada” por nuestra visión del futuro, ya sea por “miedo” o “esperanza” sobre lo que sucederá.

“…Más, ambos desaparecen pronto porque se basan en un engaño. No surgen a partir del dolor o el placer inmediatos y actuales, sino debido al anuncio de un futuro nuevo que se anticipa en ellos. Sólo por el hecho que el dolor o la alegría hacen un préstamo al futuro es posible que sean tan inusualmente grandes y, por tanto, no duraderos…

Si esto es cierto, quizás no sea tan determinante lo que nos pasa sino “cómo” lo tomamos y por eso sostiene que: “… el ánimo alegre o triste de las personas no está determinado por circunstancias externas, como riqueza o clase social, porque entre los pobres encontramos al menos el mismo número de caras contentas que entre los ricos….” y “… cuando se produce un aumento auténtico de nuestro buen humor, aunque fuera pasajero, incluso llegando al grado de la alegría, esto suele ocurrir sin motivo externo alguno…”

La magnitud de nuestro dolor o bienestar no es proporcional a lo que pasa, sino que tiene que ver con nosotros mismos y nuestra forma de ser.

“… Si no hubiera una causa externa de sufrimiento, el dolor determinado por nuestro carácter y, por tanto, inevitable durante este período, estaría repartido en mil puntos diferentes y aparecería en forma de mil pequeños disgustos y quejas sobre cosas que pasamos del todo por alto cuando nuestra capacidad para el dolor ya está colmada por un mal principal que ha concentrado todos los demás dolores en un sólo punto. Éste hecho lo corrobora también la observación de que tras el alivio por un final feliz de una gran preocupación que nos oprimía, pronto aparece otra en su lugar, cuya materia ya estaba presente, pero no podía llegar como tal preocupación a la conciencia, porque ésta no le sobraba capacidad para ello, de modo que dicha materia de preocupación permanecía desapercibida tan sólo como una figura oscura y nebulosa en el último extremo del horizonte. En cambio, en el momento de disponer nuevamente de espacio, esta materia ya configurada se acerca y ocupa el trono de la preocupación dominante del día. Aunque según su materia pueda ser mucho más ligera que la materia de la preocupación desaparecida, es capaz de inflarse de tal manera que aparentemente se iguala en magnitud a la anterior, llenando así por completo el trono de la preocupación principal del día….”

Por eso alerta sobre la existencia de personas que viven lo que les pasa (bueno o malo) de una manera “extrema” y la ilusión que implica vivir así. Cuanto más alta sea la montaña que escalemos…mayor será el dolor frente a la caída.

“…La alegría desmesurada y el dolor intenso siempre se dan en la misma persona, porque ambos se condicionan mutuamente y también están condicionados por una gran vivacidad del espíritu. Como acabamos de ver, no son producto de la pura actualidad, sino de la anticipación del futuro…”

En otras palabras, se trata del hecho de vivir “ilusionado”, negando una parte de la realidad: que no sólo sucederán momentos alegres sino inevitablemente también aparecerá el sufrimiento…y, cuando nos alcance será proporcional a la ilusión que hayamos creado.

“… ambas tensiones excesivas del estado de ánimo se podrían evitar por medio de la sensatez. Todo júbilo desmesurado se basa siempre en la ilusión de haber encontrado algo en la vida que de hecho no se puede hallar en ella, a saber, una satisfacción permanente de los deseos o preocupaciones que nos atormentan y que renacen constantemente. De cada una de estas ilusiones hay que retornar más tarde inevitablemente a la realidad y pagarla, cuando desaparece, con la misma cuantía de amargo dolor que tenía la alegría causada por su aparición. En este sentido se parece bastante a un lugar elevado al que se ha subido y del que sólo se puede bajar dejándose caer. Por eso habría que evitar las ilusiones, pues cualquier dolor excesivo que aparece repentinamente, no es más que la caída desde semejante punto elevado, o sea, la desaparición de una ilusión que lo ha producido. Por consiguiente podríamos evitar ambos, si fuéramos capaces de ver las cosas siempre claramente en su conjunto y en su contexto y de cuidarnos de creer que tienen realmente el color con el que desearíamos verlas…”

“…La mayoría de las veces, sin embargo, así como rechazamos una medicina amarga, nos resistimos a aceptar que el sufrimiento es esencial a la vida, de modo que no fluye hacia nosotros desde fuera, sino que cada uno lleva la fuente inagotable del mismo en su propio interior. Al contrario, a modo de un pretexto, siempre buscamos una causa externa y singular para nuestro dolor incesante; tal como el ciudadano libre se construye un ídolo para tener un amo. Porque nos movemos incansablemente de un deseo a otro y, aunque ninguna satisfacción alcanzada, por mucho que prometía…”

La persona que no reconoce lo inevitable del sufrimiento, puede no darse cuenta que el problema está en su carácter y culpar a la sociedad o las personas por el dolor que le toca vivir. Quizás porque cree realmente que puede lograr en ellos la felicidad “esperada” y entonces buscará incansablemente un imposible: un punto en el que esté satisfecho con lo que le pasa externamente y al no encontrarlo (porque el problema está en su interior) tampoco se dará cuenta de la trampa.

“…Así, o bien el movimiento va al infinito, o bien, cosa más rara que presupone cierta fuerza de carácter, continúa hasta que encontramos un deseo que no se puede cumplir, pero que tampoco se puede abandonar. Entonces tenemos en cierto modo lo que buscamos, a saber, algo que en todo momento podemos acusar, en lugar de nuestro propio carácter, como la fuente de nuestros sufrimientos y que nos hace enemigos de nuestro destino pero que, en cambio, nos reconcilia con nuestra existencia, porque vuelve a alejar de nosotros la necesidad de admitir que el sufrimiento es esencial a esta existencia misma y que la verdadera satisfacción es imposible…”.

¿No será que pretendemos demasiado? ¿No será que el problema en realidad es “pretender”? Quizás si estuviéramos más predispuestos a “aceptar” el sufrimiento y no sólo el placer, la ecuación daría un mejor resultado.

Más allá de eso, es fundamental plantearse de “dónde” provienen el placer y el dolor.  ¿Viene de nosotros o de lo que nos pasa? Schopenhauer, sostiene que la fuente inagotable de ambos está en nuestro interior.

Si por el contrario, pensamos que dicha fuente es sólo externa seguiremos con la ilusión de que con el próximo cambio de circunstancias encontraremos la felicidad.

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Un pensamiento en ““Nuestro temperamento y no la realidad externa es lo que determina la medida natural e individual de nuestro dolor y placer”

  1. Es complejo…
    Esta muy bueno cuando habla del lugar qe ocupa la “preocupación principal del día” y qe cuando ella se supera pasa a ocupar el espacio vacío la próxima preocupación qe aguardaba protagonismo pasivamente…Es muy gráfico…me encantó!
    Y si bien en un primer análisis coincido con estas ideas de Schopenhauer no puedo dejar de plantearme la inquietud en relación a las preocupaciones no “vanales”…las relacionadas con temas realmente graves y extremos qe ni siqiera me atrevo a ejemplificar…Aqellas preocupaciones qe son terribles en sí mismas sin entrar a realizar sobre ellas un juicio de valor (temperamento)…
    En esas situaciones, qe gracias a dios no me ha transitar no sé si será tan factible aplicar este concepto…
    Muy bueno tu texto Gustavo!!!

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