Comentarios sobre el enojo, la ira y la violencia

Buscando material para el programa de radio en el que vamos a hablar del “enojo”(http://dalequepodes.wordpress.com/2011/09/30/el-enojo-programa-del-lunes-3-de-octubre-de-2011/) me topé con un texto de Krishnamurti sobre la “ira” y, una vez más, sentí que sus palabras decían algo diferente.

El no se refiere a un simple enojo cuya causa puede ser variada y hasta fisiológica sino a un sentimiento más sutil y difícil de tratar como la “ira”.

Dice que tiene la peculiar capacidad de aislar e interponerse en cualquier relación y que la ira de la frustración, de los celos, de la necesidad de herir nos proporciona un desahogo violento, del que uno obtiene el placer de sentirse justificado. Cuando condenamos a otros esa condena es en realidad una justificación de nosotros mismos… y continúa: “sin adoptar una actitud determinada, ya sea de superioridad o de doblegamiento, ¿qué somos?. Empleamos cualquier medio para imponernos y la ira, como el odio, es el medio más fácil…” (Krishnamurti, “Comentarios sobre el vivir, Tº 1)

Si no cortamos de raíz la violencia verbal…¿podremos encontrar una verdadera solución a la violencia física? El escudo ideológico, religioso o moral no puede servir para protegernos ni justificarnos. No es necesario agredir para expresar una opinión y menos para encontrar una solución al problema.

El que agrede físicamente o condena verbalmente en el fondo necesita, como dice Krishnamurti validarse a sí mismo psicológicamente.

¿Esto quiere decir que uno debería ser indiferente y no enojarse ante las injusticias?

Para nada. Cierto enojo en algunos casos es comprensible y quizás hasta saludable, pero que no se transforme en “ira”, que no se haga “carne”porque de ahí a cualquier tipo de violencia sólo hay un paso.

No me sigas, sólo escuchame…

Krishnamurti no aceptó ser tratado como un Maestro ni como una autoridad, y renunció a aceptar otra acción que no fuera la transformación espiritual de cada persona, sin sujeción a tradiciones ni a cambios preestablecidos. Esta actitud marca, tal vez, su sello más característico.     Krishnamurti pudo haber tenido la vida normal de un joven indio de familia pobre, pero el “azar” lo puso en el camino de la sociedad Teosófica, la que declaró al mundo que él era el mesías esperado para esta nueva era. Sin embargo, luego de algunos años de cumplir con tal “investimiento”, vive un proceso de despertar espiritual que lo lleva a desvincularse de la institucionalidad Teosófica.Inició así un nuevo camino que lo llevó a un liderazgo espiritual de proyección mundial, libre de cualquier atadura, y con la convicción de que el camino espiritual es también la vía hacia la libertad.

Una enorme asamblea de más de tres mil personas lo oyeron hablar sobre la necesidad de abandonar todas las fuentes de autoridad, y en particular aquella que lo signaba como el Instructor de Mundo. Por el contrario, señalaba, cada cual debe vivir sólo de su propia luz interior.

“Deseo que aquellos que buscan comprenderme sean libres, que no me sigan, que no hagan de mí una jaula que se tornará en una religión, una secta. Más bien deberían librarse de todos los temores; del temor a la religión, del temor de la salvación, del temor de la espiritualidad, del temor del amor, del temor de la muerte, del temor de la vida misma…”

“…Ustedes están acostumbrados a la autoridad, o a la atmósfera de autoridad que piensan va a conducirlos a la espiritualidad. Creen y esperan que otro, por sus extraordinarios poderes –por un milagro- podrá transportarlos a ese reino de libertad eterna que es la felicidad…”

“…Me han estado escuchando durante años sin que ningún cambio se operara en ustedes, salvo en algunos pocos. Ahora analicen lo que estoy diciendo, sean críticos para que puedan alcanzar una comprensión profunda, fundamental. Cuando buscan una autoridad que los conduzca a la espiritualidad, se obligan ustedes automáticamente a crear una organización alrededor de esa autoridad. Por la creación misma de la organización,… quedan atrapados en una jaula…”

Todo ello trajo consigo una verdadera revolución en la organización de la Sociedad Teosófica; se liquidaron los diversos fideicomisos y los fondos, las grandes propiedades y terrenos volvieron a sus donadores originales, y se estableció una pequeña oficina para emprender la publicación de sus practicas. Comenzó entonces a ser considerado un filosofo hostil a todas las creencias religiosas. Krishnamurti renuncio a la Sociedad Teosófica en 1930.

Quizás, las actitudes en la vida de un pensador sean un indicio de lo que encontraremos en su obra.

Nuestra mente,la verdad y las seguridades que buscamos.

“…¡la duda es tan esencial para descubrir, para comprender realmente! Pero, ¿Cómo puede uno dudar cuando sabe tanto, cuando la armadura que lo protege es tan deslumbrante, cuando todas las grietas se sellan desde dentro?… Cuando predominan las sensaciones, la comodidad se vuelve imprescindible, no sólo para el cuerpo sino también para la psique; y la comodidad, en especial la de la mente, es corrosiva y conduce a la ilusión. Somos las cosas que poseemos, somos aquello a lo que estamos apegados; y en el apego no hay nobleza. El apego al conocimiento no es diferente a cualquier otra adicción gratificante. El apego es dejarse absorber por algo, da igual si es en el nivel más bajo o en el más elevado. El apego es un auto engaño, una manera de escapar a la oquedad del “yo”. Las cosas a las que estamos apegados-la propiedad, las personas,las ideas- adquieren una importancia desmedida, porque sin todas esas cosas que llenan su vacío, el “yo” no es nada. El miedo a “no ser” conduce a la posesión; el miedo engendra un mundo ilusorio esclavo de las conclusiones. Las conclusiones, materiales o ideológicas, impiden el desarrollo de la inteligencia, impiden la libertad, único lugar en que la realidad puede manifestarse…” (Jiddu Krishnamurti, “Comentarios sobre el vivir”, Editorial Kairós, Barcelona, pág.167)

Es habitual que defendamos a “capa y espada” nuestras propias ideas sobre las cosas y hasta nos jactamos de esa actitud que  nos hace sentir que tenemos un criterio propio que nos distingue de los demás ¿es esto un signo de madurez o una actitud soberbia?

Salvo los casos en que defendemos una posición basada en un interés particular (legítimo o no), si nuestra intención es la real búsqueda de la verdad esa forma de actuar es, cuanto menos “poco inteligente”. ¿De que nos sirve tener una idea si no estamos abiertos a la posibilidad de ser cambiada por una mejor?

Las palabras de Krishnamurti nos aclaran el porque muchas veces nos enojamos y peleamos por tener la razón. Terminamos confundiendo nuestras propias opiniones con  nuestro “yo”. Evidentemente no sólo nos “apegamos” a las personas y propiedades sino también a “nuestras ideas”.

¿por qué lo hacemos? Nos dice: porque buscamos “seguridad” , porque tenemos “miedo”.

Una vez que nos sentimos a gusto en esa realidad fabricada por nuestra mente, dejamos de buscar honestamente la verdad y pasamos a defenderla. “Ya está, “me cierra”, “esto es así y no hay vueltas”… ya podemos “descansar”, hemos “madurado” y construido nuestro ser.

Es mucho más fácil vivir en ese mundo que puede ser “moldeado” a nuestro antojo. Es el mundo de las “conclusiones categóricas”; es como una “realidad virtual” en la que reducimos los “riesgos” y los “peligros”.  La ilusión nos protege. Ya no tenemos miedo.

¿importa realmente llegar a la verdad? ¿y si no nos gusta? ¿no es mejor vivir de ilusiones pero felices?

La opción siempre está. Lo importante es darse cuenta que la actitud más valiente no es la del que cree que tiene la verdad sino la del que aún sabiendo que puede no llegar a encontrarla nunca, sigue buscando.

El amor en la relación.

…Que fácil es destruir lo que amamos! Con qué rapidez se interpone entre ello y nosotros una barrera, una palabra, un gesto, una sonrisa! Un problema de salud, un cambio de humor o un deseo proyectan una sombra, y lo que era luminoso se vuelve sombrío y pesado.

El trato con el otro nos desgasta, y lo que era vívido y claro se vuelve molesto y  confuso. Debido a esa constante fricción, a las esperanzas y frustraciones, la belleza y la sencillez dejan paso al temor y a la incertidumbre.

La relación es compleja y difícil y muy pocos salen de ella indemnes. Aunque nos gustaría que fuera estática, duradera, ininterrumpida, la relación es un movimiento, es un proceso que se ha de comprender profunda y completamente, y no adaptar a normas internas o externas. El conformismo, que es la estructura social, pierde su peso y autoridad sólo cuando hay amor. El amor en la relación es un proceso purificador, porque revela los comportamientos del “yo”. Sin esta revelación la relación tiene poco significado.

Pero…Cómo nos esforzamos para impedir que esa revelación suceda!! La lucha adopta multitud de formas: dominación, subordinación, temor o esperanza, celos o resignación. El problema es que no amamos; y si lo hacemos, queremos que ese amor funcione de determinada manera, no le damos libertad. Amamos con nuestras mentes y no con nuestros corazones. La mente puede modificarse a sí misma pero el corazón no; la mente puede hacerse invulnerable pero el amor no puede; la mente siempre tiene la opción de retirarse, de crear un muro a su alrededor, de ser personal o impersonal, mientras que el amor no puede compararse ni protegerse. Nuestro problema es que a lo que llamamos amor pertenece en realidad a la mente, y, así, nuestros corazones permaneces siempre vacíos y expectantes. Es la mente la que se apega, la que envidia, la que amenaza y destruye. Nuestra vida está dominada por los centros físicos y por la mente. No somos capaces simplemente de amar, sino que ansiamos que se nos ame; damos sólo para recibir, lo cuál es la generosidad de la mente y no del corazón. La mente siempre busca certidumbre,seguridad, y ¿puede la mente garantizar el amor? ¿puede la mente, cuya verdadera esencia es el tiempo, captar el amor, que es su propia eternidad?

Pero incluso el amor del corazón tiene sus propias trampas, pues lo hemos corrompido hasta el punto que es vacilante y confuso. Es esto lo que hace la vida tan penosa y pesada. Un momento creemos amar, y al siguiente el amor se ha perdido. Nace una fuerza imponderable, que no es de la mente y cuyos orígenes no puede sondearse, y la mente una vez más la destruye, ya a que en esa batalla la mente parece salir victoriosa sin excepción. Este conflicto interno no puede resolverlo la mente astuta o el corazón indeciso; no hay ningún sistema, ningún camino para terminar con él. La búsqueda misma de un camino es otra argucia de la mente para seguir dominando, para eliminar el conflicto y estar así tranquila, para tener amor, para llegar a ser algo.

Nuestra mayor dificultad es darnos plena y profunda cuenta de que no hay ningún sistema con el que llegar al amor, de que el amor no puede ser un fin que la mente desea. Cuando comprendemos esto de forma real y profunda, entonces existe una posibilidad de recibir algo que no es de este mundo. Sin el contacto con ese algo, hagamos lo que hagamos no puede haber en la relación felicidad duradera.

Si usted ha recibido esta bendición y yo no, evidentemente estaremos en conflicto. Puede que usted no esté en conflicto pero yo sí lo estaré, y me asilaré en mi dolor y mi sufrimiento. El sufrimiento es tan excluyente como el placer, y, a menos que exista ese amor que no es fabricación de uno, la relación será dolorosa. Si existe la bendición de ese amor, no podrá usted dejar de amarme, sea yo como sea; porque en ese caso no moldeará usted el amor de acuerdo con mi comportamiento. Y, sin esa bendición, por más tretas que la mente ingenie, usted y yo estaremos separados a pesar de que en ciertos puntos quizá entremos en contacto; pues la integración no ha de ser con usted, sino que ha de producirse dentro de mí, conmigo mismo. En ningún momento es esta integración un producto de la mente; sobreviene sólo cuando la mente está en silencio absoluto, cuando ha llegado al final de su propia atadura. Únicamente entonces deja de haber sufrimiento en la relación.

Jiddu Krishnamurti, “Comentarios sobre el Vivir”, Edit. Kairós (Barcelona) Tómo I, pág 59 y sigs.