“Acepta lo mejor que puedas tu realidad”

Schopenhauer, en pocas palabras nos aporta su visión acerca de la manera en que tendríamos que afrontar cotidianamente nuestra realidad. Nos dice: “Hacer con buena voluntad lo que se puede y tener la voluntad de soportar el sufrimiento inevitable…” (Debemos vivir no como queremos sino como podemos…)

Mi primera reacción al conocer esta regla fue negativa. ¿Acaso el precio que tengo que pagar para vivir mejor es “resignarme” a lo que me toca? ¿No será que con este consejo se fomenta la inactividad, la indolencia y la falta de proyectos en la vida de una persona?

Quizás no es tan así. Para entender que nos propone es preciso dar una lectura más profunda a sus palabras y al resto de su obra. Hay que “hacer lo que se puede” con lo que se tiene, con la realidad que a uno le toca vivir. Es cómo si en una partida de póker o truco, nuestra actitud al enfrentarnos con las cartas que nos tocan fuera la de “quejarnos” y no “jugar” hasta que tengamos más suerte.

Parece obvio lo inútil que sería reaccionar así, pero esa claridad para entender que debemos jugar al truco con las cartas que nos tocan no siempre la tenemos para afrontar los acontecimientos de la vida que no podemos cambiar. Creemos que con nuestra mente podemos moldear la realidad, nos engañamos y pretendemos que las cosas sucedan cómo las idealizamos. Nos la pasamos cantando “truco”, teniendo en cuenta nuestras “esperanzas” y “expectativas” y no las cartas que tenemos.

Tomar de la mejor manera posible las circunstancias que nos toca vivir no es “resignarse”, es ser “realista” y nos dará una base más firme sobre la cuál cambiar lo que nos pasa y construir una realidad diferente.

¿No será que esa falta de aceptación de la realidad encubre una actitud soberbia de nuestra parte? ¿Acaso nos creemos con derecho a que las cosas sucedan siempre como queremos? No nos importa que a los demás no le toquen “buenas cartas” para jugar si nosotros tuvimos suerte, en todo caso no es nuestro problema.

Schopenhauer es más práctico y nos dice que si queremos vivir mejor debemos aceptar lo mejor posible la realidad que nos toca y que es más inteligente la actitud de quien se da cuenta que tarde o temprano la vida también vendrá acompañada de una dosis de sufrimiento.

Algunos prefieren jugar la partida pretendiendo que siempre le tienen que tocar las mejores cartas para ganar. Otros, en especial este autor, saben que el secreto para ser feliz no está en enojarse por las cartas que nos dan sino en reconocer la realidad e intentar hacer algo con ella .

“Nuestro temperamento y no la realidad externa es lo que determina la medida natural e individual de nuestro dolor y placer”

Vivimos permanentemente quejándonos de los que nos pasa, de las circunstancias que nos toca vivir, creyendo que si cambiaran, automáticamente seríamos felices. ¿Será realmente así?

Schopenahuer nos dice que no. Para él es mucho más determinante nuestro temperamento que la realidad que debemos afrontar.

“…en todo individuo la naturaleza determina definitivamente la medida del dolor que es característica para él, una medida que no se podría dejar vacía ni tampoco colmar demasiado, por mucho que cambie la forma del sufrimiento. Según esta idea, el sufrimiento y el bienestar no vendrían determinados desde afuera, sino precisamente por esa medida o disposición, que podría experimentar algún aumento o disminución según el estado físico y los distintos momentos, pero en conjunto permanecería igual, siendo simplemente lo que se llama el temperamento de cada uno, o mejor dicho, el grado en que su mente sería mas liviana o más grave…”

“…Lo que apoya esta hipótesis no sólo es la conocida experiencia de que grandes sufrimientos hacen totalmente imperceptibles a los pequeños y, a la inversa, que en ausencia de grandes sufrimientos incluso las más pequeñas molestias nos atormentan y ponen de mal humor, sino además el hecho que la experiencia nos enseña, que una gran desgracia que nos hace estremecernos sólo de pensarla, cuando realmente ocurre, tan pronto como hemos superado el primer dolor, en conjunto no altera mucho nuestro estado de ánimo. Y también a la inversa, después de producirse un hecho feliz y largamente esperado, no nos sentimos, en conjunto , mucho más a gusto y cómodo que antes. Sólo el instante en que se produce dicho cambio nos conmueve de una manera inusitadamente fuerte, sea en la forma de un profundo lamento o en la de una exclamación de júbilo…”

Por eso, tendríamos que tener presente que pase lo que pase… “nadie se muere de dolor, ni explota de alegría”. Tarde o temprano nos acostumbraremos a la nueva situación, porque su importancia está “exagerada” por nuestra visión del futuro, ya sea por “miedo” o “esperanza” sobre lo que sucederá.

“…Más, ambos desaparecen pronto porque se basan en un engaño. No surgen a partir del dolor o el placer inmediatos y actuales, sino debido al anuncio de un futuro nuevo que se anticipa en ellos. Sólo por el hecho que el dolor o la alegría hacen un préstamo al futuro es posible que sean tan inusualmente grandes y, por tanto, no duraderos…

Si esto es cierto, quizás no sea tan determinante lo que nos pasa sino “cómo” lo tomamos y por eso sostiene que: “… el ánimo alegre o triste de las personas no está determinado por circunstancias externas, como riqueza o clase social, porque entre los pobres encontramos al menos el mismo número de caras contentas que entre los ricos….” y “… cuando se produce un aumento auténtico de nuestro buen humor, aunque fuera pasajero, incluso llegando al grado de la alegría, esto suele ocurrir sin motivo externo alguno…”

La magnitud de nuestro dolor o bienestar no es proporcional a lo que pasa, sino que tiene que ver con nosotros mismos y nuestra forma de ser.

“… Si no hubiera una causa externa de sufrimiento, el dolor determinado por nuestro carácter y, por tanto, inevitable durante este período, estaría repartido en mil puntos diferentes y aparecería en forma de mil pequeños disgustos y quejas sobre cosas que pasamos del todo por alto cuando nuestra capacidad para el dolor ya está colmada por un mal principal que ha concentrado todos los demás dolores en un sólo punto. Éste hecho lo corrobora también la observación de que tras el alivio por un final feliz de una gran preocupación que nos oprimía, pronto aparece otra en su lugar, cuya materia ya estaba presente, pero no podía llegar como tal preocupación a la conciencia, porque ésta no le sobraba capacidad para ello, de modo que dicha materia de preocupación permanecía desapercibida tan sólo como una figura oscura y nebulosa en el último extremo del horizonte. En cambio, en el momento de disponer nuevamente de espacio, esta materia ya configurada se acerca y ocupa el trono de la preocupación dominante del día. Aunque según su materia pueda ser mucho más ligera que la materia de la preocupación desaparecida, es capaz de inflarse de tal manera que aparentemente se iguala en magnitud a la anterior, llenando así por completo el trono de la preocupación principal del día….”

Por eso alerta sobre la existencia de personas que viven lo que les pasa (bueno o malo) de una manera “extrema” y la ilusión que implica vivir así. Cuanto más alta sea la montaña que escalemos…mayor será el dolor frente a la caída.

“…La alegría desmesurada y el dolor intenso siempre se dan en la misma persona, porque ambos se condicionan mutuamente y también están condicionados por una gran vivacidad del espíritu. Como acabamos de ver, no son producto de la pura actualidad, sino de la anticipación del futuro…”

En otras palabras, se trata del hecho de vivir “ilusionado”, negando una parte de la realidad: que no sólo sucederán momentos alegres sino inevitablemente también aparecerá el sufrimiento…y, cuando nos alcance será proporcional a la ilusión que hayamos creado.

“… ambas tensiones excesivas del estado de ánimo se podrían evitar por medio de la sensatez. Todo júbilo desmesurado se basa siempre en la ilusión de haber encontrado algo en la vida que de hecho no se puede hallar en ella, a saber, una satisfacción permanente de los deseos o preocupaciones que nos atormentan y que renacen constantemente. De cada una de estas ilusiones hay que retornar más tarde inevitablemente a la realidad y pagarla, cuando desaparece, con la misma cuantía de amargo dolor que tenía la alegría causada por su aparición. En este sentido se parece bastante a un lugar elevado al que se ha subido y del que sólo se puede bajar dejándose caer. Por eso habría que evitar las ilusiones, pues cualquier dolor excesivo que aparece repentinamente, no es más que la caída desde semejante punto elevado, o sea, la desaparición de una ilusión que lo ha producido. Por consiguiente podríamos evitar ambos, si fuéramos capaces de ver las cosas siempre claramente en su conjunto y en su contexto y de cuidarnos de creer que tienen realmente el color con el que desearíamos verlas…”

“…La mayoría de las veces, sin embargo, así como rechazamos una medicina amarga, nos resistimos a aceptar que el sufrimiento es esencial a la vida, de modo que no fluye hacia nosotros desde fuera, sino que cada uno lleva la fuente inagotable del mismo en su propio interior. Al contrario, a modo de un pretexto, siempre buscamos una causa externa y singular para nuestro dolor incesante; tal como el ciudadano libre se construye un ídolo para tener un amo. Porque nos movemos incansablemente de un deseo a otro y, aunque ninguna satisfacción alcanzada, por mucho que prometía…”

La persona que no reconoce lo inevitable del sufrimiento, puede no darse cuenta que el problema está en su carácter y culpar a la sociedad o las personas por el dolor que le toca vivir. Quizás porque cree realmente que puede lograr en ellos la felicidad “esperada” y entonces buscará incansablemente un imposible: un punto en el que esté satisfecho con lo que le pasa externamente y al no encontrarlo (porque el problema está en su interior) tampoco se dará cuenta de la trampa.

“…Así, o bien el movimiento va al infinito, o bien, cosa más rara que presupone cierta fuerza de carácter, continúa hasta que encontramos un deseo que no se puede cumplir, pero que tampoco se puede abandonar. Entonces tenemos en cierto modo lo que buscamos, a saber, algo que en todo momento podemos acusar, en lugar de nuestro propio carácter, como la fuente de nuestros sufrimientos y que nos hace enemigos de nuestro destino pero que, en cambio, nos reconcilia con nuestra existencia, porque vuelve a alejar de nosotros la necesidad de admitir que el sufrimiento es esencial a esta existencia misma y que la verdadera satisfacción es imposible…”.

¿No será que pretendemos demasiado? ¿No será que el problema en realidad es “pretender”? Quizás si estuviéramos más predispuestos a “aceptar” el sufrimiento y no sólo el placer, la ecuación daría un mejor resultado.

Más allá de eso, es fundamental plantearse de “dónde” provienen el placer y el dolor.  ¿Viene de nosotros o de lo que nos pasa? Schopenhauer, sostiene que la fuente inagotable de ambos está en nuestro interior.

Si por el contrario, pensamos que dicha fuente es sólo externa seguiremos con la ilusión de que con el próximo cambio de circunstancias encontraremos la felicidad.

“Cuanto más bienes pretendas tener, más infeliz serás.” (Sobre la relación entre las pretensiones y las posesiones)

Schopenauer sostiene que: “Los bienes que alguien nunca se le había pasado por la cabeza pretender, no los hecha en absoluto de menos, sino que está plenamente contento sin ellos. Otro, en cambio, que posee cien veces más que aquél, se siente desgraciado porque le falta una cosa que pretende. También a este respecto cada uno tiene su propio horizonte de lo que a él le es posible alcanzar hasta donde se extiende y llegan sus pretensiones. Si un objeto cualquiera dentro de este horizonte se le presenta de tal manera que puede confiar en obtenerlo, entonces se siente feliz; en cambio es infeliz si surgen dificultades que le privan de la perspectiva de tenerlo. Lo que se halla fuera del alcance de su vista no ejerce ningún efecto sobre él. Esta es la razón por la cuál el pobre no se inquieta por las grandes posesiones de los ricos, y por la que, a su vez, el rico no se consuela con lo mucho que ya posee cuando no se cumplen sus pretensiones…”

Existe una relación directa entre nuestros deseos de posesión y la felicidad. No importa si somos ricos o pobres ni cuanto dinero tenemos. Nos hace infelices el querer cada vez más cosas, el que no nos alcance nunca el dinero que ganamos.

Schopenahuer dice “…La riqueza es como el agua de mar: cuanto más se beba, más sed se tendrá…”

“No!, no es tan así!”, nos decimos habitualmente:“…el dinero no hace la felicidad, pero ayuda a comprarla...” Ésta frase es ingeniosa y perdura porque evidentemente tiene algo de verdad, pero es una verdad a medias que difícilmente nos ayude a vivir en paz.

Es real si no podemos cubrir nuestras necesidades mínimas y básicas para vivir y es por eso que el mismo autor sostiene que sin una buena salud ni alimentación es imposible siquiera pensar en ser feliz.

Pero, una vez que nuestras necesidades básicas fueron satisfechas, seguimos ansiando  permanentemente tener cosas y temiendo perderlas.

Quizás exageramos un poco. ¿Seremos tan felices si conseguimos comprar “eso” que deseamos? ¿Seremos tan infelices si perdemos “aquello” que tenemos?

Éste filósofo expresa “…Tras la pérdida de las riquezas o de una situación acomodada, tan pronto como se supera aquél primer dolor, el estado de ánimo habitual no suele ser muy diferente del anterior, y esto se debe al hecho de que, una vez que el destino ha reducido el factor de nuestras posesiones, nosotros mismos reducimos en igual medida el factor de nuestras pretensiones. Esta operación es, ciertamente, lo propiamente doloroso en un caso de infortunio: una vez terminada, el dolor va disminuyendo hasta que finalmente no se lo siente más: la herida cicatriza. A la inversa, en un caso de buena fortuna, sube el compresor de nuestras pretensiones y éstas se expanden: esto constituye la alegría. Pero tampoco dura más tiempo del que hace falta para terminar del todo esta operación: nos acostumbramos a la dimensión más extensa de nuestras pretensiones y nos volvemos indiferentes hacia las posesiones correspondientes… La fuente de nuestro descontento se encuentra en nuestros intentos siempre renovados de subir el nivel del factor de las pretensiones, mientras la inmovilidad del otro factor lo impide.

Esta regla no está en contra de los bienes que podemos adquirir. No pregona ni promueve la pobreza o la inactividad. Simplemente nos advierte de la trampa en la que caemos cuando “pretendemos” adquirir algo: sólo será una alegría momentánea. Ese bien que tanto “ansiamos” terminará siendo el “viejo modelo” que despreciaremos cuando aparezca la “novedad”, y así la rueda del deseo y la insatisfacción seguirá.

En definitiva, reconocer que “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”

Lo mismo pasa con la angustia y el dolor por la pérdida de lo que tenemos. Es inútil dramatizar y sufrir desmesuradamente. El dolor durará un tiempo, pero si no afecta nuestras necesidades básicas, reduciremos nuestras pretensiones y nos acostumbraremos a esa pérdida.

“Tener presente los males y desgracias de los demás”

Schopenhauer nos dice que hay que “observar más a menudo a los que se encuentran peores que a los que parecen estar mejores en comparación con nosotros. Para nuestros verdaderos males no hay consuelo más eficaz que la observación de sufrimientos mucho más grandes de otros y estando al lado de los compañeros de desgracia que se encuentran en la misma situación que nosotros”

Se trata de la contracara de la envidia. Ahora queremos que “no” nos pase lo que le pasa al otro.

Aunque nos cuesta reconocerlo en el fondo sabemos que a veces nos tranquilizan los males que le ocurren a los demás. No creo que sea por una cuestión de maldad ni nada que se le parezca, sino por el simple hecho que nos damos cuenta que lo que le sucede al otro pudo habernos sucedido a nosotros y no nos pasó. Es inevitable sentir cierto alivio por eso y no significa una indiferencia sentimental y mucho menos un disfrute del mal ajeno.

Si volvemos a la segunda regla que es  que no conviene tener envidia de los bienes de los demás y que no hay que mirar lo que le pasa al otro para envidiarlo tampoco deberíamos mirar al otro para alegrarnos por sus tragedias pero… si podríamos mirar lo que les pasa para darnos cuenta que no estamos “exentos” de ese peligro, y que , como se expresó en el comentario de la regla 2 darnos cuenta que todo lo que tenemos, al igual que la persona que miramos lo podemos perder en un “instante”.

Seguramente habrá quienes consideren esta sugerencia como inmoral o en última instancia inútil. No es mi caso.

Estoy de acuerdo en hacer el ejercicio de mirar mas a menudo los males ajenos no sólo para valorar la ausencia de éstos en nuestra vida sino también para intentar ayudar en algo al otro a soportarlos.

Es una actitud muy diferente a la de “querer” que a los demás les pase algo. Se trata de constatar una realidad que tiene cosas buenas y malas y darse cuenta que de ninguna manera somos “inmunes” a las desgracias.

“Conócete a ti mismo, actúa de acuerdo a ello y aceptarás con naturalidad las consecuencias”

Esta regla refiere a la utilidad que tiene para la vida el llegar a conocer nuestra propia individualidad para luego poder actuar conforme a ella.

Es útil para evitar el “autoengaño” y las “falsas expectativas” sobre nuestro accionar, circunstancia que nos puede ayudar para aceptar con más naturalidad las consecuencias de lo que hacemos.

Para lograr eso, debemos ser consientes que hay aspectos del carácter que son innatos y otros que vamos “adquiriendo” a medida que crecemos y que tenemos ciertas tendencias naturales que van más allá de nuestro razonamiento. Lo importante es no traicionarlas.

“…Siendo un impulso natural, el carácter empírico es en sí mismo irracional; es más sus manifestaciones encima las perturba la razón, y lo hace tanto más cuanto mayor sea la sensatez y fuerza de pensamiento que posea una persona. Porque éstas siempre le muestran lo que le corresponde al ser humano en general en tanto carácter de toda la especie y lo que son las posibilidades de éste a partir de su volición y sus esfuerzos. Debido a éste hecho le resulta más difícil comprender lo que él mismo, conforme a su individualidad, quiere y puede dentro de todo el conjunto de posibilidades. Dentro de si mismo encuentra las predisposiciones para los más diversos esfuerzos y aspiraciones; pero sin experiencia no llega a ver con claridad el grado en que los mismos se encuentran en su individualidad; y aunque se decidiera sólo por las tendencias que son adecuadas a su carácter, no deja de sentir, especialmente para otras totalmente opuestas e irreconciliables con  aquéllas, a las que habrá que reprimir del todo si quiere dedicarse a las primeras sin sentirse perturbado…”

Y más allá de las “ganas” momentáneas de hacer algo también deberíamos actuar conforme nuestra propia experiencia: Por eso el mero querer, y también poder, por sí mismo aún no bastan, sino que un hombre también debe saber lo que quiere, y debe saber lo que puede hacer. Sólo así dará prueba de su carácter, y sólo entonces puede realizar algo con logro. Antes de haber llegado a ese extremo, con indiferencia de las consecuencias de su carácter empírico, de hecho no tiene carácter…”

Se trata de conocerse y “ser uno mismo”: “…Dado que todo el ser humano sólo  es la manifestación de su voluntad, no puede haber nada más erróneo que, partiendo de la reflexión, pretender ser alguien diferente del que se es, porque esto significa una contradicción directa de la voluntad  consigo misma. … el conocimiento de la propia mentalidad y de todas las clases de capacidades personales y de sus límites variables es el camino más seguro para llegar a estar lo más satisfecho que se pueda de uno mismo.”

Esto nos permitirá, luego de actuar sabiendo que se hizo algo sin “traicionarse” “aceptar” las consecuencias de lo que hacemos: “…Porque tanto para las circunstancias interiores como las exteriores es cierto que no hay otro consuelo eficaz que la plena certeza acerca de la necesidad ineludible. Un mal que nos ha afectado no nos atormenta tanto como pensar en las circunstancias que lo podrían haber evitado…”

“Evita la envidia”

“Nunca serás feliz si te atormenta que algún otro es más feliz que tú” (Séneca) y “cuando piensas cuántos se te adelantan, ten en cuenta cuántos te siguen” (Séneca)

Es por eso que Schopenhauer nos señala la paradoja que “No hay nada más implacable y cruel que la envidia, y sin embargo, nos esforzamos incesantemente en suscitar envidia!”

La envidia y la felicidad por comparación.

Según se aprecia, nos dice que no conviene tener envidia de los bienes de los demás. Será posible o no según las circunstancias, pero sin lugar a dudas es un buen consejo el no mirar hacia afuera.

¿No será que muchas veces creemos que el otro no tiene derecho a lo que tiene, mientras que nosotros sí? y…¿Quién nos dió derecho a algo?

Schopenahuer diría que, leyéramos nuevamente la regla nº1 para darnos cuenta que todo lo que tenemos lo podemos perder en un “instante” y lo mismo le puede pasar a la otra persona, por lo que es una “pérdida de tiempo” sufrir por lo que tiene el otro si ni sabemos por cuánto tiempo conservaremos nosotros lo poco o mucho que tenemos.

En última instancia ¿tenemos realmente algo de nuestra propiedad? Si nos morimos…¿lo podremos llevar con nosotros? Evidentemente no. Y sin ir tan al extremo de la muerte, ¿quien nos da la seguridad que no perderemos nada de lo que tenemos?

Lo mismo sucede para las otras personas, nada es garantizado ni eterno. No obstante eso, se podría argumentar que se puede envidiar “eso” que el otro tiene, aunque lo tenga “sin seguridades”, es decir… envidiar “el presente” del otro.

Si bien es un argumento más inteligente, a la hora de vivir, sigue siendo pobre y yo agregaría “inútil”, porque la persona sigue poniendo su felicidad en algo “externo”..

Dejar de “esperar” la felicidad y evitar el sufrimiento.

Schopenhauer nos dice ¨Todos hemos nacido en Arcadia, es decir, entramos en el mundo llenos de aspiraciones a la felicidad y al goce y conservamos la insensata esperanza de realizarlas, hasta que el destino nos atrapa rudamente y nos muestra que NADA es nuestro, sino que todo es suyo, puesto que no sólo tiene un derecho indiscutible sobre todas nuestras posesiones, sino además sobre los brazos y las piernas, los ojos y las orejas, hasta sobre la nariz en medio de la cara. Luego viene la experiencia y nos enseña que la felicidad y el goce son puras quimeras que nos muestran una ilusión en las lejanías, mientras que el sufrimiento y el dolor son reales, que se manifiestan a sí mismos inmediatamente sin necesitar la ilusión y la esperanza. Si esta enseñanza trae frutos, entonces cesamos de buscar la felicidad y goce y sólo procuramos escapar en lo posible al dolor y al sufrimiento¨

Hay aceptar que lo mejor que se puede lograr es un presente tranquilo y soportable y si lo apreciáramos cuando lo tenemos nos guardaríamos mucho de estropearlo con un anhelo incesante de alegrías imaginarias o con angustiadas preocupaciones sobre un futuro siempre incierto y que siempre está en manos del destino.

Y concluye… ¿por que habría de ser necio procurar en todo momento que se disfrute en lo posible del presente como lo único seguro…?

Considero que trata dos temas que están íntimamente ligados y que son el de la conveniencia  o no  salir a la búsqueda de la felicidad perfecta y el del vivir en el presente o “esperando el futuro” (éste último lo explica mejor en la regla nº 14)

La Felicidad.

Socialmente se entiende que la felicidad es algo posible, un objetivo alcanzable y al que todo ciudadano debería tener derecho.

Sin embargo, Schopenhauer sostiene que ¨la perpetua búsqueda de la felicidad es la causa de la infelicidad¨ y el hecho de embarcarnos en esta constante búsqueda, nos termina condenando a ser ¨infelices¨, por eso dice que ¨el medio más seguro de no llegar a ser muy infeliz es no pretender ser muy feliz¨.

Es como un espejismo, como un claro en el desierto, la felicidad se nos presenta al alcance de la mano, la vemos… pero nunca la alcanzamos ya que cuando llegamos a ese punto, volveremos a verla en otro lugar… distinto al que estamos.

Son palabras demasiado pesimistas para el mundo de hoy y muy diferente a lo que habitualmente encontramos en los libros de auto-ayuda.

¿no había que pensar siempre positivamente? ¿que tipo de sociedad tendremos si analizamos el mundo bajo esa perspectiva? Seguramente la sociedad moderna basada en la idea de progreso y en el consumo no se compadece con estas ideas. Son claramente subversivas.

Sin embargo, desde el punto de vista individual y aplicado a nuestra vida considero que pueden, en su justa medida, ser útiles para aprender a vivir mejor.

!Que feliz sería si fuese feliz!, decía con su habitual sutileza Woody Allen para referirse a que siempre estamos esperando algo que nos haga felices en el futuro y es por eso que considero que la búsqueda incesante de la felicidad y el no vivir en el presente están íntimamente ligados.