André Comte-Sponville : “La verdadera felicidad es el amor a la vida”.

Monsieur Sponville es un señor normal con aire de profesor y aspecto callado que se dedica a enseñar y divulgar asuntos sorprendentes. No se trata de ciencia ficción ni del más allá, sino de algo mucho más terreno: André Comte-Sponville enseña a pensar. (es un filósofo francés contemporáneo de gran éxito editorial)  (Fuente: Reportaje del Diario El Mundo, Suplemento del 10 Abril, nota de Elena Pita)

p.El objetivo de la filosofía, proclama, es la felicidad. ¿Usted lo ha logrado?

R. Depende de los días, como todo el mundo. La felicidad no es un estado definitivo, sino provisional y frágil. Pero puedo decir que soy más feliz gracias a la filosofía, que ni es una panacea ni un euforizante ni un ansiolítico ni una droga, sino una forma de vivir la vida tal como es. Prefiero sentirme cansado o triste que artificialmente alegre, la felicidad no es real si no es lúcida.

P. Es decir, que la felicidad apenas son momentos de placer y alegría, ¿cierto?

R. Uno es feliz si está contento de vivir, incluso en momentos de tristeza o angustia: prefiero estar vivo que muerto, luego soy feliz. La verdadera felicidad es el amor a la vida, y esto incluye los momentos desagradables. Lo sabio es amar la vida y no simplemente la felicidad, porque quien ama la felicidad sólo amará la vida en los momentos de alegría.

P. La felicidad, dice además, es el estado en el que nada esperas, la desesperanza. ¿Y el deseo, no es útil para vivir y amar?

R. El deseo es muy útil, pero no es lo mismo que la esperanza. Como no es lo mismo el apetito (deseo) que el hambre (esperanza): si espero comer significa que no he comido, implica sufrimiento, puedo morir de hambre. En cambio el deseo de comer implica un placer, no un sufrimiento. Lo mismo puede aplicarse a la sexualidad, por ejemplo, si yo espero hacer el amor implica una frustración o carencia, mientras que el deseo sexual alude al placer durante el acto. Se trata de aprender a desear lo que se tiene (o sea, a amarlo) en lugar de esperar lo que no se tiene. Estoy de acuerdo con Spinoza cuando dice que el deseo es el sentido mismo del hombre; si el deseo se acaba, se acaba la Humanidad.

P. Dice que la filosofía nos aporta una felicidad basada en la verdad. Pero ¿la verdad no es siempre subjetiva? ¿Se refiere a su verdad? ¿Qué es la verdad?

R. Sí, efectivamente hay que distinguir entre la verdad objetiva y el conocimiento de uno o su pequeña verdad, pero aunque la verdad nunca se conozca absolutamente, sí lo suficiente para diferenciar entre verdad y mentira, conocimiento e ignorancia. Y este conocimiento nuestro parcial y relativo es suficiente para evitar el sufrimiento. La filosofía conduce a la felicidad a través de la verdad: ser lo más feliz posible siendo lo más lúcido posible; no es una panacea pero ayuda a no sufrir.

P. ¿Es feliz quien más sabe o quien más ignora? ¿El saber no es dolor?

R. Ésa es la fórmula del Eclesiastés de la Biblia: a mayor dolor, mayor sufrimiento. Sí, por un lado es más fácil ser feliz sin la noción de muerte o del sufrimiento en el mundo, como les sucede a los niños. Pero precisamente por esto es tan importante buscar a la vez felicidad y verdad, porque ser feliz a base de fantasías sólo conduce a la desilusión. Entonces, en una primera instancia es verdad que el saber aumenta el sufrimiento, pero precisamente por eso es necesario filosofar: hacer que el saber se convierta en un código de alegría y no de sufrimiento, para lo cual es preciso amar la verdad. En el fondo, la principal virtud filosófica es el amor a la verdad por la verdad.

P. Sabio, dice, es el que nada teme. Usted, que perdió a un hijo, que conoce ese dolor, ¿no teme lo que pueda ocurrirles a sus otros tres hijos, por ejemplo?

R. Sí, por supuesto que tengo miedo, y precisamente por eso no soy un sabio. Me importa más la Humanidad que la sabiduría. El retrato de los sabios en la antigüedad clásica me parece exagerado. Montaigne dice que la sabiduría en exceso no es sino la locura. No deseo una sabiduría que me haga indiferente a la salud de mis hijos. Se trata de amar la vida más que la felicidad, la Humanidad más que la sabiduría, y el sentimiento y la inquietud hacia los hijos es humano. Mi única sabiduría es aceptar que no soy un sabio. La sabiduría no sirve para erradicar la angustia, en todo caso para aliviarla y ayudar a vivir con ella.

P. Dice que la pasión amorosa es sólo la ilusión por lo desconocido. ¿Qué ocurre cuando llegas a conocer al otro? ¿Es inevitable el desamor?

R. No, no, hay una diferencia efectiva entre enamorarse, que supone una ilusión por la persona que se ama y no se conoce, y amar verdaderamente, que es ilusionarse por alguien a quien sí se conoce. La cuestión es conseguir que este amor hacia el desconocido se transforme en amor hacia el conocido, porque cuando esto no sucede, entonces sí, viene el desamor. ¿Qué es un amigo?: alguien a quien se conoce muy bien y pese a ello se ama. Qué es la pareja, dos que se aman y son amigos.

P. ¿Cómo es su experiencia amatoria personal?, ¿conoce ese amor verdadero?

R. Bueno, yo he tenido varias parejas. Desde hace algunos años tengo una relación de la que me siento muy satisfecho, precisamente porque la vivo como una experiencia verdadera, de conocimiento, que a la vez es de alegría, ternura, sensualidad. No puedo esperar más. La cuestión es, si uno prefiere amar a quien no conoce, no está sino amándose a sí mismo.

P. Se define “ateo fiel”. ¿Hacia quién o qué profesa esta fidelidad?

R. En general, soy fiel a la Humanidad, que ha producido lo mejor que conocemos, Buda, Lao-Tse, etcétera. Pero en particular soy fiel a la civilización judeocristiana, porque es la nuestra. Soy ateo porque no creo en Dios, pero fiel: considero que el valor moral del cristianismo, el espíritu de los Evangelios, continúa siendo esencial y esclarecedor. Lo que la Iglesia haya hecho a partir de esto es discutible, pero no el contenido humanístico evangélico.

P. De hecho, sus nociones de verdad, su proclama de amor a los enemigos (Bush incluido), ¿no son axiomas judeocristianos?

R. No exactamente. Lo que pretendo es reconocer que el hombre tiene enemigos y que, al contrario del cristianismo, no creo que haya que renunciar al combate, pero digo: en lugar de odiarlos, intenta amarlos. Admiro al que se bate sin odio, como aquel francés fusilado por los nazis que ante el pelotón de fusilamiento proclamó: muero sin odio al pueblo alemán. Es admirable. Yo reconozco que hay odio en el corazón humano, y el evangelio no.

P. Dice que la filosofía debe tomar el relevo de las religiones. ¿Explica esto el creciente interés por la ética?

R. No. Cuanto menos religiosos somos más necesitamos la filosofía y la ética. Una religión es un conjunto de respuestas y de convenciones, cuando esto desaparece es necesario buscar respuestas, que es lo que llamamos filosofar, y además uno necesita interrogarse sobre sus propios deberes: si no hay Dios al que obedecer, deberé gobernarme a mí mismo.

P. “Las religiones se nutren de la miseria”, le leo: ¿el hombre ético es más sabio y más rico que el hombre religioso?

R. Depende del individuo. No, yo diría que el ateo tiene una necesidad más urgente de filosofía y sabiduría, porque ayuda a vivir lo mejor que uno pueda, aquí y ahora. El creyente, como piensa que lo esencial llegará después de la muerte, no necesita ser sabio porque espera una salvación tras la muerte.

P. La religión, la fe, ¿es la aceptación de la ignorancia?

R. No, ésta no corresponde ni a la religión ni al ateísmo. La ignorancia es inherente a la condición humana: nadie sabe si Dios existe o no. Yo soy ateo porque creo que Dios no existe, pero no lo sé; de ahí que me defina como un ateo fiel y además no dogmático. Mi ateísmo no es una certeza sino una creencia negativa. Y lo mismo: el creyente es el que cree que Dios existe. Por tanto, ateos y creyentes deben tolerarse mutuamente, porque nadie conoce la verdad sobre este extremo.

P. Los fundamentalistas sí “saben” que Dios existe, están seguros.

R. Pero se equivocan. Yo diría que creen saber que Dios existe, que no es lo mismo. Según la teología cristiana, la fe no existirá en el paraíso, no habrá necesidad de creer en Dios porque se le conocerá. Esto quiere decir que la fe no es un saber, sino una necesidad para paliar su carencia. Creer en Dios, pues, no es lo mismo que saber que Dios existe.

P. ¿Y usted cree en algo parecido al paraíso?

R. No. Yo soy partidario de disfrutar de la vida. Como alguien escribió tan acertadamente en un muro de París: “Hay una vida antes de la muerte”.

P. ¿Y después, qué más?

R. Na-da (en castellano). O sea, lo mismo que antes del nacimiento. Es un argumento bien conocido de la tradición materialista: a nadie le da miedo pensar dónde o qué era antes de ser concebido, entonces qué sentido tiene temer la misma nada después de la muerte.

P. ¿Cree que después de escucharle hemos aprendido a vivir mejor?

P. No soy un psicoterapeuta ni un confesor, mi trabajo consiste en enseñar a la gente a pensar, que es el objetivo de la filosofía, y sí, espero que después de haberme escuchado o leído la gente piense un poco mejor y entonces viva un poco mejor.

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“Acepta lo mejor que puedas tu realidad”

Schopenhauer, en pocas palabras nos aporta su visión acerca de la manera en que tendríamos que afrontar cotidianamente nuestra realidad. Nos dice: “Hacer con buena voluntad lo que se puede y tener la voluntad de soportar el sufrimiento inevitable…” (Debemos vivir no como queremos sino como podemos…)

Mi primera reacción al conocer esta regla fue negativa. ¿Acaso el precio que tengo que pagar para vivir mejor es “resignarme” a lo que me toca? ¿No será que con este consejo se fomenta la inactividad, la indolencia y la falta de proyectos en la vida de una persona?

Quizás no es tan así. Para entender que nos propone es preciso dar una lectura más profunda a sus palabras y al resto de su obra. Hay que “hacer lo que se puede” con lo que se tiene, con la realidad que a uno le toca vivir. Es cómo si en una partida de póker o truco, nuestra actitud al enfrentarnos con las cartas que nos tocan fuera la de “quejarnos” y no “jugar” hasta que tengamos más suerte.

Parece obvio lo inútil que sería reaccionar así, pero esa claridad para entender que debemos jugar al truco con las cartas que nos tocan no siempre la tenemos para afrontar los acontecimientos de la vida que no podemos cambiar. Creemos que con nuestra mente podemos moldear la realidad, nos engañamos y pretendemos que las cosas sucedan cómo las idealizamos. Nos la pasamos cantando “truco”, teniendo en cuenta nuestras “esperanzas” y “expectativas” y no las cartas que tenemos.

Tomar de la mejor manera posible las circunstancias que nos toca vivir no es “resignarse”, es ser “realista” y nos dará una base más firme sobre la cuál cambiar lo que nos pasa y construir una realidad diferente.

¿No será que esa falta de aceptación de la realidad encubre una actitud soberbia de nuestra parte? ¿Acaso nos creemos con derecho a que las cosas sucedan siempre como queremos? No nos importa que a los demás no le toquen “buenas cartas” para jugar si nosotros tuvimos suerte, en todo caso no es nuestro problema.

Schopenhauer es más práctico y nos dice que si queremos vivir mejor debemos aceptar lo mejor posible la realidad que nos toca y que es más inteligente la actitud de quien se da cuenta que tarde o temprano la vida también vendrá acompañada de una dosis de sufrimiento.

Algunos prefieren jugar la partida pretendiendo que siempre le tienen que tocar las mejores cartas para ganar. Otros, en especial este autor, saben que el secreto para ser feliz no está en enojarse por las cartas que nos dan sino en reconocer la realidad e intentar hacer algo con ella .

El amor en la relación.

…Que fácil es destruir lo que amamos! Con qué rapidez se interpone entre ello y nosotros una barrera, una palabra, un gesto, una sonrisa! Un problema de salud, un cambio de humor o un deseo proyectan una sombra, y lo que era luminoso se vuelve sombrío y pesado.

El trato con el otro nos desgasta, y lo que era vívido y claro se vuelve molesto y  confuso. Debido a esa constante fricción, a las esperanzas y frustraciones, la belleza y la sencillez dejan paso al temor y a la incertidumbre.

La relación es compleja y difícil y muy pocos salen de ella indemnes. Aunque nos gustaría que fuera estática, duradera, ininterrumpida, la relación es un movimiento, es un proceso que se ha de comprender profunda y completamente, y no adaptar a normas internas o externas. El conformismo, que es la estructura social, pierde su peso y autoridad sólo cuando hay amor. El amor en la relación es un proceso purificador, porque revela los comportamientos del “yo”. Sin esta revelación la relación tiene poco significado.

Pero…Cómo nos esforzamos para impedir que esa revelación suceda!! La lucha adopta multitud de formas: dominación, subordinación, temor o esperanza, celos o resignación. El problema es que no amamos; y si lo hacemos, queremos que ese amor funcione de determinada manera, no le damos libertad. Amamos con nuestras mentes y no con nuestros corazones. La mente puede modificarse a sí misma pero el corazón no; la mente puede hacerse invulnerable pero el amor no puede; la mente siempre tiene la opción de retirarse, de crear un muro a su alrededor, de ser personal o impersonal, mientras que el amor no puede compararse ni protegerse. Nuestro problema es que a lo que llamamos amor pertenece en realidad a la mente, y, así, nuestros corazones permaneces siempre vacíos y expectantes. Es la mente la que se apega, la que envidia, la que amenaza y destruye. Nuestra vida está dominada por los centros físicos y por la mente. No somos capaces simplemente de amar, sino que ansiamos que se nos ame; damos sólo para recibir, lo cuál es la generosidad de la mente y no del corazón. La mente siempre busca certidumbre,seguridad, y ¿puede la mente garantizar el amor? ¿puede la mente, cuya verdadera esencia es el tiempo, captar el amor, que es su propia eternidad?

Pero incluso el amor del corazón tiene sus propias trampas, pues lo hemos corrompido hasta el punto que es vacilante y confuso. Es esto lo que hace la vida tan penosa y pesada. Un momento creemos amar, y al siguiente el amor se ha perdido. Nace una fuerza imponderable, que no es de la mente y cuyos orígenes no puede sondearse, y la mente una vez más la destruye, ya a que en esa batalla la mente parece salir victoriosa sin excepción. Este conflicto interno no puede resolverlo la mente astuta o el corazón indeciso; no hay ningún sistema, ningún camino para terminar con él. La búsqueda misma de un camino es otra argucia de la mente para seguir dominando, para eliminar el conflicto y estar así tranquila, para tener amor, para llegar a ser algo.

Nuestra mayor dificultad es darnos plena y profunda cuenta de que no hay ningún sistema con el que llegar al amor, de que el amor no puede ser un fin que la mente desea. Cuando comprendemos esto de forma real y profunda, entonces existe una posibilidad de recibir algo que no es de este mundo. Sin el contacto con ese algo, hagamos lo que hagamos no puede haber en la relación felicidad duradera.

Si usted ha recibido esta bendición y yo no, evidentemente estaremos en conflicto. Puede que usted no esté en conflicto pero yo sí lo estaré, y me asilaré en mi dolor y mi sufrimiento. El sufrimiento es tan excluyente como el placer, y, a menos que exista ese amor que no es fabricación de uno, la relación será dolorosa. Si existe la bendición de ese amor, no podrá usted dejar de amarme, sea yo como sea; porque en ese caso no moldeará usted el amor de acuerdo con mi comportamiento. Y, sin esa bendición, por más tretas que la mente ingenie, usted y yo estaremos separados a pesar de que en ciertos puntos quizá entremos en contacto; pues la integración no ha de ser con usted, sino que ha de producirse dentro de mí, conmigo mismo. En ningún momento es esta integración un producto de la mente; sobreviene sólo cuando la mente está en silencio absoluto, cuando ha llegado al final de su propia atadura. Únicamente entonces deja de haber sufrimiento en la relación.

Jiddu Krishnamurti, “Comentarios sobre el Vivir”, Edit. Kairós (Barcelona) Tómo I, pág 59 y sigs.