Unos minutos de silencio mental

Un día en que mi mente se silenció por un ratito pude observar:
Que me voy a morir sí o sí.
Que “hoy” estoy viviendo, que “hoy” existo, que “hoy” soy y que hay millones de almas que hoy ya no están, que no tienen la posibilidad de hacer lo que hago, que ya tuvieron su oportunidad,
Que mis problemas no son “nada” para el universo, ni una mísera gota en el océano.
Que si lo que busco es ser feliz voy a ser un infeliz. La felicidad no se busca, es cómo el aire, se respira en el momento.
Que no puedo sentirme siempre bien. Si así fuera no sabría ni la diferencia entre estar bien o mal. Solo conociendo la tristeza disfruto la alegría. Si extraño a mi madre y mi abuelo es porque los disfruté. Dos caras de una misma moneda.
Que es mejor aceptar que se hace lo que se puede con lo que se tiene porque cada uno es fruto de sus genes y experiencias.
Que la mejor manera de aprender a vivir es mirar a los chicos.
Que el “ruido” en el que vivo me hará olvidar todo esto en cualquier momento, hasta el próximo silencio.

Gus Marino Aguirre

Anuncios

¿Te enteraste lo que están diciendo de vos?

Una extraña sensación se produce cuando te enteras que alguien te critica o habla mal de vos. Mezcla de calor, indignación, ganas de contestar lo que consideras injusto, de aclarar la mala información, etc… Hoy, en la era de las redes sociales este sentimiento se amplifica…más gente se entera, más gente opina y para algunos una opinión ajena puede llegar a producir un verdadero infierno en su mente. Tan aterrador puede ser el “que dirán” que algunos  optan por el bajo perfil y hasta dejar de opinar o actuar sólo para no ser criticados.

Epícteto, filósofo estoico que nació esclavo hacia el año 55 d.c. y llegó a ser maestro de  un conocido emperador romano decía: “No tengas miedo de los insultos ni de las críticas. Sólo los moralmente débiles se sienten obligados a defenderse o explicarse ante los demás. Deja que la calidad de tus actos hable en tu nombre. No podemos controlar la impresión que los demás se forman de nosotros, y esforzase por hacerlo sólo degrada el carácter.  Así pues, si alguien te dice que una persona determinada te ha estado criticando, no te molestes en excusarte o defenderte. Limítate a sonreír y responde: Supongo que esa persona no conoce mis demás defectos. De no ser así no habría mencionado sólo esos”

¿Se refiere a que hay que ser un necio y no escuchar las críticas? No. Lo que nos está diciendo es que no perdamos el tiempo, que es inútil querer controlar las opiniones de los demás. Hagamos lo que hagamos, siempre habrá alguien que nos va a criticar y ese será el momento en que deba aparecer nuestra convicción y confianza en lo que hacemos.

Tener miedo a la crítica es reconocer de antemano que nuestra felicidad o tranquilidad va a depender de lo que digan los demás, es casi como “pedir permiso” para vivir.

Por si no quedara claro, el filósofo se refiere en especial a los casos en que alguien viene a contarnos que nos están criticando, lo que hoy llamaríamos un “chisme”. Defendernos o excusarnos de algo así es cómo pelear contra un “monstruo” imaginario, imposible de derrotar. Nunca sabremos que color y forma va a tomar. Es una pérdida de tiempo, cualquier persona que de chico haya jugado al teléfono descompuesto lo ha vivido.

Oscar Wilde, repitiendo el consejo del filósofo, con su especial humor e ironía, ya cansado de las persecuciones y “habladurías” de la sociedad en que vivía decía: “resulta de todo punto monstruosa la forma en que la gente va por ahí hoy en día criticándote a tus espaldas por cosas que son absolutamente y completamente ciertas”

Tomándolo con humor, con la humildad de saber que no somos perfectos, de entender que el otro no nos conoce realmente y que en el fondo nadie tiene un “manual para vivir”.

Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra… o el primer “chisme”…

Gus Marino Aguirre

Hay cosas que podés controlar, otras que no. Felicidad es descubrir la diferencia.

Según Epicteto (filósofo griego del siglo I d.c) la felicidad y la libertad comienzan con la clara comprensión de éste principio: algunas cosas están bajo nuestro control y otras no. Sólo distinguiendo esto se puede llegar a la tranquilidad interior y a la eficacia exterior.

Decía que podemos controlar los contenidos y el carácter de nuestra vida interior pero está fuera de nuestro control nuestra realidad externa: el tipo de cuerpo que tenemos, la riqueza material con la que nacimos, la forma en que nos ven los demás y nuestra posición en la sociedad. Estas son cosas que no nos deberían preocupar en demasía y por eso concluía que: “intentar controlar o cambiar lo que no podemos tiene por único resultado el tormento” y “las cosas que nuestro poder no alcanza son debilidades, dependencias o vienen determinadas por el capricho y las acciones de los demás”

“Recordemos que si pensamos que podemos llevar las riendas de cosas que por naturaleza escapan a nuestro control, o si intentamos adoptar los asuntos de otros como propios, nuestros esfuerzos se verán desbaratados y  nos convertiremos en personas frustradas, ansiosas y criticonas

Muchas veces la “obviedad” esconde una verdad, y digo “esconde” porque no le prestamos la debida atención, no somos conscientes de lo que hacemos.

Epicteto nos aconseja “pensar” y analizar “qué” cosas verdaderamente están bajo nuestro control. Cuanto más cosas creemos que controlamos más infelicidad tendremos y se necesitaría ser un súper héroe para vivir en paz.

La mayoría de nuestras preocupaciones vienen de la “ilusión” del control. Si observamos detenidamente el asunto hay muy pocas cosas que podemos controlar y por un tiempo limitado.

¿Controlamos nuestro prestigio o posición social?¿y las opiniones de los demás?¿podemos controlar a otra persona? ¿Tenemos control de nuestro cuerpo?  Por querer controlar éste tipo de cosas, dice Epicteto: nos convertimos en personas frustradas, ansiosas y criticonas.

El camino que propone es el de la vida interior. Si bien dudo que podamos controlar totalmente lo pasa dentro nuestro, es innegable que podemos asumir con mucho mejores perspectivas un cambio en nuestros hábitos, pensamientos y actitudes que en los de los demás.

Es una decisión que tiene que ver con uno mismo, con tomar responsabilidad de nuestra propia vida, de nuestras emociones, de nuestras acciones y ver que pasa.

Gus Marino Aguirre

 

Epicteto: un esclavo que te puede liberar.

Epicteto, "Un esclavo que te puede liberar"

“En la antigüedad, un filósofo no era un personaje que escribía obras de filosofía, era alguien que vivía como filósofo” (Pierre Hadot)

Hace casi 2000 años (55d.c) nace un pensador cuyas palabras todavía resuenan con notoria actualidad, quizás porque más allá de los adelantos tecnológicos los problemas que atañen a la vida de los hombres siguen siendo los mismos.

Creyó en la facultad que tiene el ser humano para discernir que es lo mejor para su vida y así ejercer su libertad de “pensamiento”. El hombre dirige su existencia, está capacitado para distinguir lo bueno de lo malo, analizar que cosas puede cambiar y aceptar serenamente pero con inteligencia lo que está más allá de su voluntad. El problema es que no siempre hace uso de esa poderosa herramienta.

Lo que diferenció su pensamiento de los teóricos que construyen “castillos en el aire” fue que este filósofo aprendió y habló desde su propio sufrimiento y se dio cuenta que la verdadera libertad es la libertad “interior”: “Su cuerpo podía ser vendido o maltratado, su alma debía seguir siendo una fortaleza de la cuál él era el único amo. Sin embargo, él había sufrido todas las vejaciones y todas las humillaciones…emprendió entonces una filosofía que pretendía convertir al individuo en indiferente y libre respecto de lo que no dependía de él, pues no podía dominar esos elementos exteriores. Sólo por su actitud interior pasaba su poder” (Rogel Pol Droit)

En la actualidad muchos dirían que ya no existe la esclavitud que sufrió Epícteto, pero ¿existe la libertad interior? ¿hasta dónde podemos elegir vivir sin la tristeza por el pasado o sin miedos, angustia ni preocupaciones por el futuro? ¿De qué te sirve acumular  relaciones, dinero o bienes si vivís de esa manera? ¿Somos realmente libres o seguimos siendo esclavos de los que nos pasa?

Seguramente algunas cosas podemos hacer para cambiar nuestra realidad y otras no. Sabiduría es aprender a distinguirlas con serenidad y en eso Epicteto todavía tiene mucho para decirnos.

Gus Marino Aguirre

Comentarios sobre el enojo, la ira y la violencia

Buscando material para el programa de radio en el que vamos a hablar del “enojo”(http://dalequepodes.wordpress.com/2011/09/30/el-enojo-programa-del-lunes-3-de-octubre-de-2011/) me topé con un texto de Krishnamurti sobre la “ira” y, una vez más, sentí que sus palabras decían algo diferente.

El no se refiere a un simple enojo cuya causa puede ser variada y hasta fisiológica sino a un sentimiento más sutil y difícil de tratar como la “ira”.

Dice que tiene la peculiar capacidad de aislar e interponerse en cualquier relación y que la ira de la frustración, de los celos, de la necesidad de herir nos proporciona un desahogo violento, del que uno obtiene el placer de sentirse justificado. Cuando condenamos a otros esa condena es en realidad una justificación de nosotros mismos… y continúa: “sin adoptar una actitud determinada, ya sea de superioridad o de doblegamiento, ¿qué somos?. Empleamos cualquier medio para imponernos y la ira, como el odio, es el medio más fácil…” (Krishnamurti, “Comentarios sobre el vivir, Tº 1)

Si no cortamos de raíz la violencia verbal…¿podremos encontrar una verdadera solución a la violencia física? El escudo ideológico, religioso o moral no puede servir para protegernos ni justificarnos. No es necesario agredir para expresar una opinión y menos para encontrar una solución al problema.

El que agrede físicamente o condena verbalmente en el fondo necesita, como dice Krishnamurti validarse a sí mismo psicológicamente.

¿Esto quiere decir que uno debería ser indiferente y no enojarse ante las injusticias?

Para nada. Cierto enojo en algunos casos es comprensible y quizás hasta saludable, pero que no se transforme en “ira”, que no se haga “carne”porque de ahí a cualquier tipo de violencia sólo hay un paso.

“Acepta lo mejor que puedas tu realidad”

Schopenhauer, en pocas palabras nos aporta su visión acerca de la manera en que tendríamos que afrontar cotidianamente nuestra realidad. Nos dice: “Hacer con buena voluntad lo que se puede y tener la voluntad de soportar el sufrimiento inevitable…” (Debemos vivir no como queremos sino como podemos…)

Mi primera reacción al conocer esta regla fue negativa. ¿Acaso el precio que tengo que pagar para vivir mejor es “resignarme” a lo que me toca? ¿No será que con este consejo se fomenta la inactividad, la indolencia y la falta de proyectos en la vida de una persona?

Quizás no es tan así. Para entender que nos propone es preciso dar una lectura más profunda a sus palabras y al resto de su obra. Hay que “hacer lo que se puede” con lo que se tiene, con la realidad que a uno le toca vivir. Es cómo si en una partida de póker o truco, nuestra actitud al enfrentarnos con las cartas que nos tocan fuera la de “quejarnos” y no “jugar” hasta que tengamos más suerte.

Parece obvio lo inútil que sería reaccionar así, pero esa claridad para entender que debemos jugar al truco con las cartas que nos tocan no siempre la tenemos para afrontar los acontecimientos de la vida que no podemos cambiar. Creemos que con nuestra mente podemos moldear la realidad, nos engañamos y pretendemos que las cosas sucedan cómo las idealizamos. Nos la pasamos cantando “truco”, teniendo en cuenta nuestras “esperanzas” y “expectativas” y no las cartas que tenemos.

Tomar de la mejor manera posible las circunstancias que nos toca vivir no es “resignarse”, es ser “realista” y nos dará una base más firme sobre la cuál cambiar lo que nos pasa y construir una realidad diferente.

¿No será que esa falta de aceptación de la realidad encubre una actitud soberbia de nuestra parte? ¿Acaso nos creemos con derecho a que las cosas sucedan siempre como queremos? No nos importa que a los demás no le toquen “buenas cartas” para jugar si nosotros tuvimos suerte, en todo caso no es nuestro problema.

Schopenhauer es más práctico y nos dice que si queremos vivir mejor debemos aceptar lo mejor posible la realidad que nos toca y que es más inteligente la actitud de quien se da cuenta que tarde o temprano la vida también vendrá acompañada de una dosis de sufrimiento.

Algunos prefieren jugar la partida pretendiendo que siempre le tienen que tocar las mejores cartas para ganar. Otros, en especial este autor, saben que el secreto para ser feliz no está en enojarse por las cartas que nos dan sino en reconocer la realidad e intentar hacer algo con ella .

“Cuanto más bienes pretendas tener, más infeliz serás.” (Sobre la relación entre las pretensiones y las posesiones)

Schopenauer sostiene que: “Los bienes que alguien nunca se le había pasado por la cabeza pretender, no los hecha en absoluto de menos, sino que está plenamente contento sin ellos. Otro, en cambio, que posee cien veces más que aquél, se siente desgraciado porque le falta una cosa que pretende. También a este respecto cada uno tiene su propio horizonte de lo que a él le es posible alcanzar hasta donde se extiende y llegan sus pretensiones. Si un objeto cualquiera dentro de este horizonte se le presenta de tal manera que puede confiar en obtenerlo, entonces se siente feliz; en cambio es infeliz si surgen dificultades que le privan de la perspectiva de tenerlo. Lo que se halla fuera del alcance de su vista no ejerce ningún efecto sobre él. Esta es la razón por la cuál el pobre no se inquieta por las grandes posesiones de los ricos, y por la que, a su vez, el rico no se consuela con lo mucho que ya posee cuando no se cumplen sus pretensiones…”

Existe una relación directa entre nuestros deseos de posesión y la felicidad. No importa si somos ricos o pobres ni cuanto dinero tenemos. Nos hace infelices el querer cada vez más cosas, el que no nos alcance nunca el dinero que ganamos.

Schopenahuer dice “…La riqueza es como el agua de mar: cuanto más se beba, más sed se tendrá…”

“No!, no es tan así!”, nos decimos habitualmente:“…el dinero no hace la felicidad, pero ayuda a comprarla...” Ésta frase es ingeniosa y perdura porque evidentemente tiene algo de verdad, pero es una verdad a medias que difícilmente nos ayude a vivir en paz.

Es real si no podemos cubrir nuestras necesidades mínimas y básicas para vivir y es por eso que el mismo autor sostiene que sin una buena salud ni alimentación es imposible siquiera pensar en ser feliz.

Pero, una vez que nuestras necesidades básicas fueron satisfechas, seguimos ansiando  permanentemente tener cosas y temiendo perderlas.

Quizás exageramos un poco. ¿Seremos tan felices si conseguimos comprar “eso” que deseamos? ¿Seremos tan infelices si perdemos “aquello” que tenemos?

Éste filósofo expresa “…Tras la pérdida de las riquezas o de una situación acomodada, tan pronto como se supera aquél primer dolor, el estado de ánimo habitual no suele ser muy diferente del anterior, y esto se debe al hecho de que, una vez que el destino ha reducido el factor de nuestras posesiones, nosotros mismos reducimos en igual medida el factor de nuestras pretensiones. Esta operación es, ciertamente, lo propiamente doloroso en un caso de infortunio: una vez terminada, el dolor va disminuyendo hasta que finalmente no se lo siente más: la herida cicatriza. A la inversa, en un caso de buena fortuna, sube el compresor de nuestras pretensiones y éstas se expanden: esto constituye la alegría. Pero tampoco dura más tiempo del que hace falta para terminar del todo esta operación: nos acostumbramos a la dimensión más extensa de nuestras pretensiones y nos volvemos indiferentes hacia las posesiones correspondientes… La fuente de nuestro descontento se encuentra en nuestros intentos siempre renovados de subir el nivel del factor de las pretensiones, mientras la inmovilidad del otro factor lo impide.

Esta regla no está en contra de los bienes que podemos adquirir. No pregona ni promueve la pobreza o la inactividad. Simplemente nos advierte de la trampa en la que caemos cuando “pretendemos” adquirir algo: sólo será una alegría momentánea. Ese bien que tanto “ansiamos” terminará siendo el “viejo modelo” que despreciaremos cuando aparezca la “novedad”, y así la rueda del deseo y la insatisfacción seguirá.

En definitiva, reconocer que “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”

Lo mismo pasa con la angustia y el dolor por la pérdida de lo que tenemos. Es inútil dramatizar y sufrir desmesuradamente. El dolor durará un tiempo, pero si no afecta nuestras necesidades básicas, reduciremos nuestras pretensiones y nos acostumbraremos a esa pérdida.