Filosofar es aprender a pensar por uno mismo

Filosofar es pensar por uno mismo; pero nadie puede lograrlo verdaderamente sin apoyarse en el pensamiento de otros…

La filosofía no es una ciencia, ni siquiera un conocimiento; no es un saber entre otros: es una reflexión sobre los saberes disponibles.

Por eso la filosofía no se aprende, decía Kant: sólo podemos aprender a filosofar. ¿Cómo? Filosofando nosotros mismos: preguntándonos por nuestro propio pensamiento, por el pensamiento de los demás, por el mundo, por la sociedad, por lo que la experiencia nos enseña, por lo que ésta nos oculta…

Nadie puede filosofar por nosotros…Filosofar es vivir con la razón, que es universal… Pero la filosofía es también, y quizás fundamentalmente crítica de las ilusiones y los prejuicios, de las ideologías.

Toda filosofía es lucha. ¿Sus armas? La razón. ¿Sus enemigos? La ignorancia, el fanatismo, el oscurantismo. ¿Sus aliados? Las ciencias. ¿Su meta? La felicidad, pero en el seno de la verdad…

La cuestión principal: ¿Cómo he de vivir? En cuánto se intenta dar una respuesta inteligente a esta pregunta, se está haciendo filosofía.

André Comte-Sponville, “Invitación a la filosofía”

Maestros de la vida

Cita

Bailan, cantan, juegan, gritan, dibujan, imaginan, lloran, ríen, se asombran y admiran. Todo lo hacen al 100%… 

Nosotros les enseñamos que… mejor que bailar es observar, mejor que cantar es no hacer el ridículo, mejor que gritar es susurrar, mejor que dibujar es escribir, mejor que imaginar es ver la tele , mejor que llorar es aguantarse, que cuando creces ya nada te asombra y que para reír es “obvio” que necesitas un motivo

Les mostramos a los chicos como “ahorrar” vida y ellos sin darse cuenta nos recuerdan como hay que “gastarla”.

Gus Marino Aguirre

“La filosofía empieza donde acaba la terapia, su papel es enseñar a vivir al que no está enfermo” (André Compte Sponville)

Está considerado el filósofo francés contemporáneo más relevante a escala europea. André Comte- Sponville.

¿Cuál es el peor pecado del hombre contemporáneo?

Hay dos grandes pecados que amenazan el mundo de hoy: los pecados de la humanidad –el egoísmo y la cobardía– y los de la modernidad: el fanatismo –un exceso de fe– y el nihilismo, la falta de fe, el que no cree ni respeta nada, ni valores ni ideales ni principios. A nuestra sociedad le faltan generosidad y valor.

Entonces, el mayor enemigo para Occidente…

El fanatismo constituye una amenaza exterior, y el nihilismo, del interior. Pero contrariamente a lo que cree mucha gente, para nuestra sociedad es mucho más grave el nihilismo que el fanatismo.

Tras la sociedad del ocio y la del desencanto…, ¿qué adjetivo adjudica a la actual?

Nos ha tocado vivir en la sociedad desorientada. El rasgo de nuestro tiempo es el desamparo, la inquietud. Y ahora nos da por buscar la solución en nuestro pasado. Un error. Hay gente que habla del capitalismo de los años 60 y 70 como de un paraíso perdido.

¿No fue un tiempo mejor?

En absoluto. Yo viví ese capitalismo y puedo decir que era incluso peor que el de ahora. Miren el nivel de vida hoy, la asistencia, la vivienda…, cada año ganamos tres meses de esperanza de vida.

¿En Francia o en España?

En Francia somos mucho más libres de lo que éramos en los años 60, desde la información hasta las costumbres. Así que debemos dejar de idealizar el pasado. La crisis no es una razón para renunciar a los ideales de progreso, y esos nunca se encuentran en el pasado, están en el futuro.

¿Debería Catalunya aprender del chauvinismo francés?

No creo que tenga mucho sentido el orgullo propio de la nacionalidad. Porque yo no he hecho nada por ser francés ni usted hizo nada por ser catalana. Lo que sí tiene sentido es ser fiel a la cultura que has recibido… y sentir que tenemos el deber de trasmitir esa cultura como condición para que dentro de 50 o 100 años Catalunya o Francia sigan existiendo. Hay un proverbio que repiten mis amigos judíos: no es judío quien es hijo de judíos, lo es aquel cuyos hijos son judíos.

¿Qué se aprende a los 60 que no se haya aprendido antes?

Hay cosas que uno ya intuía y que de golpe resultan obvias. Como la brevedad de la vida. Como dijo Apollinaire, “cuán lenta es la vida y cuán violenta la esperanza”. Antes era muy sensible a “la lentitud” de la vida; ahora que me acerco a los 60 soy mucho más sensible a su “brevedad”.

¿Algo más?

Que tu felicidad cada vez depende más de la de tus hijos. Mi hijo mayor tiene 28 años y ahora sé que la vida de nuestros hijos se hace más valiosa que la nuestra. Y sé que su felicidad no depende de nosotros. Descubres que la vida es más importante que la filosofía y que la sabiduría consiste en amar la vida tal como es.

¿Cuál fue el peor momento de su vida y cómo lo superó?

Primero llegó la muerte de mi madre. Se suicidó. Logré recuperarme más o menos. Pero luego perdí a mi primera hija, murió a las seis semanas de vida… Y eso fue atroz. Me quedó angustia por los que llegaron después, aprendí demasiado pronto que tus hijos también son mortales.

A veces la muerte resulta más difícil que la vida.

Para mí, que soy ateo, la muerte es la nada. Pero lo difícil no es la muerte, lo difícil es morir. La agonía. Con los progresos médicos, demasiadas personas pasan meses de sufrimiento atroz… para nada. Por eso defiendo la eutanasia para quien la quiera.

¿Sigue usted suscribiendo la famosa sentencia freudiana por la cual cualquier educación fracasa?

Una madre pregunta a Freud: “¿Qué puedo hacer para educar a mis hijos?”. Y él le contesta: “Haga lo que quiera, porque no funcionará”. No se hacen hijos para ser feliz. Tener hijos aumenta tu capacidad de amor y también de disgustos.

Si padre y madre no son intercambiables, ¿no acepta otro tipo de familia posible?

Acepto todas las familias que se formen y no me choca moralmente la homosexualidad. Pero si la humanidad ha pervivido durante miles de años es gracias a la heterosexualidad. Para educar a un niños se necesitan dos cosas: el amor y la autoridad.

¿Qué hemos perdido?

Tradicionalmente, el hijo sabe que la madre, pase lo que pase, siempre le amará y que el padre, pase lo que pase, siempre le mandará. Los hombres de mi generación hemos hecho de padres con rasgos de madre, somos más amables, más cool… Creo que en una casa, dos mamás son demasiadas.

Si para los antiguos el filósofo era el médico del alma, ahora que acudimos al psiquiatra, ¿qué papel le queda al filósofo?

El papel de la filosofía es enseñar a vivir al que no está enfermo.

“La filosofía empieza donde acaba la terapia”.

Me gusta decir eso, sí. Algunos amigos psiquiatras me comentan que al final de la terapia sus pacientes se compran uno de mis libros… porque ya pueden tomar las riendas de su vida.

Fuente: La Vanguardia.com (Barcelona, 11-4-11)

André Comte-Sponville : “La verdadera felicidad es el amor a la vida”.

Monsieur Sponville es un señor normal con aire de profesor y aspecto callado que se dedica a enseñar y divulgar asuntos sorprendentes. No se trata de ciencia ficción ni del más allá, sino de algo mucho más terreno: André Comte-Sponville enseña a pensar. (es un filósofo francés contemporáneo de gran éxito editorial)  (Fuente: Reportaje del Diario El Mundo, Suplemento del 10 Abril, nota de Elena Pita)

p.El objetivo de la filosofía, proclama, es la felicidad. ¿Usted lo ha logrado?

R. Depende de los días, como todo el mundo. La felicidad no es un estado definitivo, sino provisional y frágil. Pero puedo decir que soy más feliz gracias a la filosofía, que ni es una panacea ni un euforizante ni un ansiolítico ni una droga, sino una forma de vivir la vida tal como es. Prefiero sentirme cansado o triste que artificialmente alegre, la felicidad no es real si no es lúcida.

P. Es decir, que la felicidad apenas son momentos de placer y alegría, ¿cierto?

R. Uno es feliz si está contento de vivir, incluso en momentos de tristeza o angustia: prefiero estar vivo que muerto, luego soy feliz. La verdadera felicidad es el amor a la vida, y esto incluye los momentos desagradables. Lo sabio es amar la vida y no simplemente la felicidad, porque quien ama la felicidad sólo amará la vida en los momentos de alegría.

P. La felicidad, dice además, es el estado en el que nada esperas, la desesperanza. ¿Y el deseo, no es útil para vivir y amar?

R. El deseo es muy útil, pero no es lo mismo que la esperanza. Como no es lo mismo el apetito (deseo) que el hambre (esperanza): si espero comer significa que no he comido, implica sufrimiento, puedo morir de hambre. En cambio el deseo de comer implica un placer, no un sufrimiento. Lo mismo puede aplicarse a la sexualidad, por ejemplo, si yo espero hacer el amor implica una frustración o carencia, mientras que el deseo sexual alude al placer durante el acto. Se trata de aprender a desear lo que se tiene (o sea, a amarlo) en lugar de esperar lo que no se tiene. Estoy de acuerdo con Spinoza cuando dice que el deseo es el sentido mismo del hombre; si el deseo se acaba, se acaba la Humanidad.

P. Dice que la filosofía nos aporta una felicidad basada en la verdad. Pero ¿la verdad no es siempre subjetiva? ¿Se refiere a su verdad? ¿Qué es la verdad?

R. Sí, efectivamente hay que distinguir entre la verdad objetiva y el conocimiento de uno o su pequeña verdad, pero aunque la verdad nunca se conozca absolutamente, sí lo suficiente para diferenciar entre verdad y mentira, conocimiento e ignorancia. Y este conocimiento nuestro parcial y relativo es suficiente para evitar el sufrimiento. La filosofía conduce a la felicidad a través de la verdad: ser lo más feliz posible siendo lo más lúcido posible; no es una panacea pero ayuda a no sufrir.

P. ¿Es feliz quien más sabe o quien más ignora? ¿El saber no es dolor?

R. Ésa es la fórmula del Eclesiastés de la Biblia: a mayor dolor, mayor sufrimiento. Sí, por un lado es más fácil ser feliz sin la noción de muerte o del sufrimiento en el mundo, como les sucede a los niños. Pero precisamente por esto es tan importante buscar a la vez felicidad y verdad, porque ser feliz a base de fantasías sólo conduce a la desilusión. Entonces, en una primera instancia es verdad que el saber aumenta el sufrimiento, pero precisamente por eso es necesario filosofar: hacer que el saber se convierta en un código de alegría y no de sufrimiento, para lo cual es preciso amar la verdad. En el fondo, la principal virtud filosófica es el amor a la verdad por la verdad.

P. Sabio, dice, es el que nada teme. Usted, que perdió a un hijo, que conoce ese dolor, ¿no teme lo que pueda ocurrirles a sus otros tres hijos, por ejemplo?

R. Sí, por supuesto que tengo miedo, y precisamente por eso no soy un sabio. Me importa más la Humanidad que la sabiduría. El retrato de los sabios en la antigüedad clásica me parece exagerado. Montaigne dice que la sabiduría en exceso no es sino la locura. No deseo una sabiduría que me haga indiferente a la salud de mis hijos. Se trata de amar la vida más que la felicidad, la Humanidad más que la sabiduría, y el sentimiento y la inquietud hacia los hijos es humano. Mi única sabiduría es aceptar que no soy un sabio. La sabiduría no sirve para erradicar la angustia, en todo caso para aliviarla y ayudar a vivir con ella.

P. Dice que la pasión amorosa es sólo la ilusión por lo desconocido. ¿Qué ocurre cuando llegas a conocer al otro? ¿Es inevitable el desamor?

R. No, no, hay una diferencia efectiva entre enamorarse, que supone una ilusión por la persona que se ama y no se conoce, y amar verdaderamente, que es ilusionarse por alguien a quien sí se conoce. La cuestión es conseguir que este amor hacia el desconocido se transforme en amor hacia el conocido, porque cuando esto no sucede, entonces sí, viene el desamor. ¿Qué es un amigo?: alguien a quien se conoce muy bien y pese a ello se ama. Qué es la pareja, dos que se aman y son amigos.

P. ¿Cómo es su experiencia amatoria personal?, ¿conoce ese amor verdadero?

R. Bueno, yo he tenido varias parejas. Desde hace algunos años tengo una relación de la que me siento muy satisfecho, precisamente porque la vivo como una experiencia verdadera, de conocimiento, que a la vez es de alegría, ternura, sensualidad. No puedo esperar más. La cuestión es, si uno prefiere amar a quien no conoce, no está sino amándose a sí mismo.

P. Se define “ateo fiel”. ¿Hacia quién o qué profesa esta fidelidad?

R. En general, soy fiel a la Humanidad, que ha producido lo mejor que conocemos, Buda, Lao-Tse, etcétera. Pero en particular soy fiel a la civilización judeocristiana, porque es la nuestra. Soy ateo porque no creo en Dios, pero fiel: considero que el valor moral del cristianismo, el espíritu de los Evangelios, continúa siendo esencial y esclarecedor. Lo que la Iglesia haya hecho a partir de esto es discutible, pero no el contenido humanístico evangélico.

P. De hecho, sus nociones de verdad, su proclama de amor a los enemigos (Bush incluido), ¿no son axiomas judeocristianos?

R. No exactamente. Lo que pretendo es reconocer que el hombre tiene enemigos y que, al contrario del cristianismo, no creo que haya que renunciar al combate, pero digo: en lugar de odiarlos, intenta amarlos. Admiro al que se bate sin odio, como aquel francés fusilado por los nazis que ante el pelotón de fusilamiento proclamó: muero sin odio al pueblo alemán. Es admirable. Yo reconozco que hay odio en el corazón humano, y el evangelio no.

P. Dice que la filosofía debe tomar el relevo de las religiones. ¿Explica esto el creciente interés por la ética?

R. No. Cuanto menos religiosos somos más necesitamos la filosofía y la ética. Una religión es un conjunto de respuestas y de convenciones, cuando esto desaparece es necesario buscar respuestas, que es lo que llamamos filosofar, y además uno necesita interrogarse sobre sus propios deberes: si no hay Dios al que obedecer, deberé gobernarme a mí mismo.

P. “Las religiones se nutren de la miseria”, le leo: ¿el hombre ético es más sabio y más rico que el hombre religioso?

R. Depende del individuo. No, yo diría que el ateo tiene una necesidad más urgente de filosofía y sabiduría, porque ayuda a vivir lo mejor que uno pueda, aquí y ahora. El creyente, como piensa que lo esencial llegará después de la muerte, no necesita ser sabio porque espera una salvación tras la muerte.

P. La religión, la fe, ¿es la aceptación de la ignorancia?

R. No, ésta no corresponde ni a la religión ni al ateísmo. La ignorancia es inherente a la condición humana: nadie sabe si Dios existe o no. Yo soy ateo porque creo que Dios no existe, pero no lo sé; de ahí que me defina como un ateo fiel y además no dogmático. Mi ateísmo no es una certeza sino una creencia negativa. Y lo mismo: el creyente es el que cree que Dios existe. Por tanto, ateos y creyentes deben tolerarse mutuamente, porque nadie conoce la verdad sobre este extremo.

P. Los fundamentalistas sí “saben” que Dios existe, están seguros.

R. Pero se equivocan. Yo diría que creen saber que Dios existe, que no es lo mismo. Según la teología cristiana, la fe no existirá en el paraíso, no habrá necesidad de creer en Dios porque se le conocerá. Esto quiere decir que la fe no es un saber, sino una necesidad para paliar su carencia. Creer en Dios, pues, no es lo mismo que saber que Dios existe.

P. ¿Y usted cree en algo parecido al paraíso?

R. No. Yo soy partidario de disfrutar de la vida. Como alguien escribió tan acertadamente en un muro de París: “Hay una vida antes de la muerte”.

P. ¿Y después, qué más?

R. Na-da (en castellano). O sea, lo mismo que antes del nacimiento. Es un argumento bien conocido de la tradición materialista: a nadie le da miedo pensar dónde o qué era antes de ser concebido, entonces qué sentido tiene temer la misma nada después de la muerte.

P. ¿Cree que después de escucharle hemos aprendido a vivir mejor?

P. No soy un psicoterapeuta ni un confesor, mi trabajo consiste en enseñar a la gente a pensar, que es el objetivo de la filosofía, y sí, espero que después de haberme escuchado o leído la gente piense un poco mejor y entonces viva un poco mejor.

“El saber filosófico debe ayudarnos a vivir”.(Reportaje a Luc Ferry en Revista Noticias)

Cuando Luc Ferry publicó “Aprender a vivir. Filosofía para mentes jóvenes” produjo una verdadera revolución. En menos de dos meses se vendieron en Francia más de 100.000 ejemplares, una cifra insólita para un libro que sintetiza las diferentes formas de ver el mundo desde los griegos a los filósofos contemporáneos. El fenómeno resulta aún más curioso si se tiene en cuenta que este libro está destinado fundamentalmente –aunque no de forma exclusiva– a los adolescentes, de quienes se supone que están más interesados en vivir la vida que en reflexionar acerca de ella.

¿Qué fue lo que convirtió en best-seller a un libro que trata sobre una materia que a priori se considera ardua? El lenguaje que evita deliberadamente la oscuridad y la cita erudita fue, sin duda, un punto a favor. Pero quizá lo más significativo sea el hecho de que Ferry no plantea la filosofía como una mera reflexión sobre el mundo, sino como un saber capaz de ayudarnos a vivir mejor. Al igual que una llave inglesa o un martillo, el pensamiento filosófico tiene para él un valor instrumental, es una herramienta y, como tal, “se usa” en el día a día. Para qué sirve la filosofía y de qué forma nos puede ayudar a vivir es el tema fundamental de esta entrevista con Ferry, un hombre que conoce bien a los adolescentes por haber sido ministro de Juventud, Educación e Investigación de Francia entre el 2002 y el 2004. Filósofo y punto de referencia de la cultura de su país, es también un defensor de la filosofía como saber práctico que conviene llevar bien a mano en el bolsillo o en la cartera para enfrentar cualquier ataque de angustia existencial.

Noticias: Contrariamente a lo que afirman todos los manuales, para usted la filosofía no es meramente el asombro y la reflexión, sino que tiene un sentido práctico. ¿Cuál es, específicamente, ese sentido práctico? ¿De qué forma la filosofía puede ayudarnos a vivir?

Luc Ferry: Hoy casi todos los profesores de filosofía, cuando se les pide que definan la filosofía, siempre dicen que es la reflexión, lo explicativo, la argumentación. Y dicen, además, que su objetivo en la escuela es que los alumnos aprendan a reflexionar, a pensar por ellos mismos. Lo que yo digo en mi libro y lo que creo desde hace mucho tiempo es que la filosofía no tiene nada que ver con todo esto. Es cierto que se relaciona con la reflexión y con la argumentación, pero también ustedes, los periodistas, reflexionan en su profesión y, sin embargo, no son filósofos. Una madre de familia reflexiona y argumenta con su marido y con sus hijos. También reflexionan y argumentan los políticos, los biólogos, los escritores, los artistas. Todo el mundo lo hace. Por lo tanto, la reflexión y la argumentación no pueden servir como definición específica de la filosofía. Si le hubieran dicho a Spinoza o a Nietzche que la filosofía era la reflexión y la argumentación se hubieran caído al piso. (Risas)

Noticias: ¿Y entonces qué es?

Ferry: Desde que la inventaron los griegos, en el sigo VI a.C., consiste en la búsqueda de la sabiduría. ¿Y a qué se le llama “sabiduría” en filo-sofía, qué es la “sophia”? La sabiduría se da, en verdad, en el momento de la vida en que somos capaces de vencer los miedos que nos impiden vivir, que nos restringen. Hay diferentes miedos: miedo social, miedos psíquicos como las fobias, el miedo a la oscuridad o a quedarnos encerrados dentro del ascensor, el miedo del amor.

Noticias: ¿Qué es el miedo del amor?

Ferry: Frecuentemente es más que el miedo por uno mismo, el miedo por los otros: el miedo por nuestros hijos, el miedo por nuestros padres que van a morir. La idea de los griegos que va a atravesar toda la filosofía hasta Nietzche y Heidegger es que el sabio es aquél que ha triunfado en la tarea de no sentir miedo, aquél que ha logrado remontarlo.

Noticias: ¿Por qué se identifica la pérdida del miedo con la sabiduría?

Ferry: Porque cuando uno ha vencido el miedo, se ha salvado, ha logrado la salvación. Y cuando se ha logrado la salvación se puede acceder a la vida buena. ¿Qué significa este triunfo sobre el miedo? Significa la libertad y la generosidad.

Noticias: ¿Por qué?

Ferry: Fíjese, cuando uno tiene miedo, -y yo, como todo el mundo, también lo tengo- se vuelve totalmente egocéntrico, totalmente cerrado a los otros, menos capaz de amar y pierde todo tipo de libertad de espíritu porque está preocupado, precisamente, por el miedo. La idea de los griegos era que la sabiduría es la serenidad que proviene del hecho de no tener miedo. El sabio es libre porque ha perdido el miedo y puede amar a los otros porque es libre.

Noticias: ¿Entonces tanto la religión como la filosofía serían doctrinas de la salvación?

Ferry: Sí, la única diferencia es que en la religión podemos ser salvados del miedo por la fe y por Dios, mientras que en la filosofía nos salvamos del miedo por nosotros mismos y por la razón. Si somos creyentes, no tenemos necesidad de la filosofía. (Se ríe.) Pero si no somos creyentes, tenemos las grandes filosofías con las grandes respuestas. Sin embargo, hoy la mayor parte de los profesores de filosofía les dicen a los alumnos que lo importante es plantearse las preguntas, no tener las respuestas.

Noticias: ¿Para usted la pregunta filosófica carece de importancia?

Ferry: La pregunta filosófica es de una inmensa banalidad, no tiene ningún interés. ¿Cómo remontar el miedo y llegar a la serenidad, a la sabiduría? Es una pregunta trivial, la misma que se plantea la religión. Lo que es genial es la respuesta. Hay cinco o seis respuestas geniales: la de los estoicos, la de la filosofía cristiana, la de los humanistas laicos como Rousseau, la respuesta de Nietzche o Heidegger. Estas respuestas sí son grandiosas, no las preguntas.
FUENTE: Revista Noticias nro.1588, Reportaje de Mónica Lopez Orcón.

“Nuestro temperamento y no la realidad externa es lo que determina la medida natural e individual de nuestro dolor y placer”

Vivimos permanentemente quejándonos de los que nos pasa, de las circunstancias que nos toca vivir, creyendo que si cambiaran, automáticamente seríamos felices. ¿Será realmente así?

Schopenahuer nos dice que no. Para él es mucho más determinante nuestro temperamento que la realidad que debemos afrontar.

“…en todo individuo la naturaleza determina definitivamente la medida del dolor que es característica para él, una medida que no se podría dejar vacía ni tampoco colmar demasiado, por mucho que cambie la forma del sufrimiento. Según esta idea, el sufrimiento y el bienestar no vendrían determinados desde afuera, sino precisamente por esa medida o disposición, que podría experimentar algún aumento o disminución según el estado físico y los distintos momentos, pero en conjunto permanecería igual, siendo simplemente lo que se llama el temperamento de cada uno, o mejor dicho, el grado en que su mente sería mas liviana o más grave…”

“…Lo que apoya esta hipótesis no sólo es la conocida experiencia de que grandes sufrimientos hacen totalmente imperceptibles a los pequeños y, a la inversa, que en ausencia de grandes sufrimientos incluso las más pequeñas molestias nos atormentan y ponen de mal humor, sino además el hecho que la experiencia nos enseña, que una gran desgracia que nos hace estremecernos sólo de pensarla, cuando realmente ocurre, tan pronto como hemos superado el primer dolor, en conjunto no altera mucho nuestro estado de ánimo. Y también a la inversa, después de producirse un hecho feliz y largamente esperado, no nos sentimos, en conjunto , mucho más a gusto y cómodo que antes. Sólo el instante en que se produce dicho cambio nos conmueve de una manera inusitadamente fuerte, sea en la forma de un profundo lamento o en la de una exclamación de júbilo…”

Por eso, tendríamos que tener presente que pase lo que pase… “nadie se muere de dolor, ni explota de alegría”. Tarde o temprano nos acostumbraremos a la nueva situación, porque su importancia está “exagerada” por nuestra visión del futuro, ya sea por “miedo” o “esperanza” sobre lo que sucederá.

“…Más, ambos desaparecen pronto porque se basan en un engaño. No surgen a partir del dolor o el placer inmediatos y actuales, sino debido al anuncio de un futuro nuevo que se anticipa en ellos. Sólo por el hecho que el dolor o la alegría hacen un préstamo al futuro es posible que sean tan inusualmente grandes y, por tanto, no duraderos…

Si esto es cierto, quizás no sea tan determinante lo que nos pasa sino “cómo” lo tomamos y por eso sostiene que: “… el ánimo alegre o triste de las personas no está determinado por circunstancias externas, como riqueza o clase social, porque entre los pobres encontramos al menos el mismo número de caras contentas que entre los ricos….” y “… cuando se produce un aumento auténtico de nuestro buen humor, aunque fuera pasajero, incluso llegando al grado de la alegría, esto suele ocurrir sin motivo externo alguno…”

La magnitud de nuestro dolor o bienestar no es proporcional a lo que pasa, sino que tiene que ver con nosotros mismos y nuestra forma de ser.

“… Si no hubiera una causa externa de sufrimiento, el dolor determinado por nuestro carácter y, por tanto, inevitable durante este período, estaría repartido en mil puntos diferentes y aparecería en forma de mil pequeños disgustos y quejas sobre cosas que pasamos del todo por alto cuando nuestra capacidad para el dolor ya está colmada por un mal principal que ha concentrado todos los demás dolores en un sólo punto. Éste hecho lo corrobora también la observación de que tras el alivio por un final feliz de una gran preocupación que nos oprimía, pronto aparece otra en su lugar, cuya materia ya estaba presente, pero no podía llegar como tal preocupación a la conciencia, porque ésta no le sobraba capacidad para ello, de modo que dicha materia de preocupación permanecía desapercibida tan sólo como una figura oscura y nebulosa en el último extremo del horizonte. En cambio, en el momento de disponer nuevamente de espacio, esta materia ya configurada se acerca y ocupa el trono de la preocupación dominante del día. Aunque según su materia pueda ser mucho más ligera que la materia de la preocupación desaparecida, es capaz de inflarse de tal manera que aparentemente se iguala en magnitud a la anterior, llenando así por completo el trono de la preocupación principal del día….”

Por eso alerta sobre la existencia de personas que viven lo que les pasa (bueno o malo) de una manera “extrema” y la ilusión que implica vivir así. Cuanto más alta sea la montaña que escalemos…mayor será el dolor frente a la caída.

“…La alegría desmesurada y el dolor intenso siempre se dan en la misma persona, porque ambos se condicionan mutuamente y también están condicionados por una gran vivacidad del espíritu. Como acabamos de ver, no son producto de la pura actualidad, sino de la anticipación del futuro…”

En otras palabras, se trata del hecho de vivir “ilusionado”, negando una parte de la realidad: que no sólo sucederán momentos alegres sino inevitablemente también aparecerá el sufrimiento…y, cuando nos alcance será proporcional a la ilusión que hayamos creado.

“… ambas tensiones excesivas del estado de ánimo se podrían evitar por medio de la sensatez. Todo júbilo desmesurado se basa siempre en la ilusión de haber encontrado algo en la vida que de hecho no se puede hallar en ella, a saber, una satisfacción permanente de los deseos o preocupaciones que nos atormentan y que renacen constantemente. De cada una de estas ilusiones hay que retornar más tarde inevitablemente a la realidad y pagarla, cuando desaparece, con la misma cuantía de amargo dolor que tenía la alegría causada por su aparición. En este sentido se parece bastante a un lugar elevado al que se ha subido y del que sólo se puede bajar dejándose caer. Por eso habría que evitar las ilusiones, pues cualquier dolor excesivo que aparece repentinamente, no es más que la caída desde semejante punto elevado, o sea, la desaparición de una ilusión que lo ha producido. Por consiguiente podríamos evitar ambos, si fuéramos capaces de ver las cosas siempre claramente en su conjunto y en su contexto y de cuidarnos de creer que tienen realmente el color con el que desearíamos verlas…”

“…La mayoría de las veces, sin embargo, así como rechazamos una medicina amarga, nos resistimos a aceptar que el sufrimiento es esencial a la vida, de modo que no fluye hacia nosotros desde fuera, sino que cada uno lleva la fuente inagotable del mismo en su propio interior. Al contrario, a modo de un pretexto, siempre buscamos una causa externa y singular para nuestro dolor incesante; tal como el ciudadano libre se construye un ídolo para tener un amo. Porque nos movemos incansablemente de un deseo a otro y, aunque ninguna satisfacción alcanzada, por mucho que prometía…”

La persona que no reconoce lo inevitable del sufrimiento, puede no darse cuenta que el problema está en su carácter y culpar a la sociedad o las personas por el dolor que le toca vivir. Quizás porque cree realmente que puede lograr en ellos la felicidad “esperada” y entonces buscará incansablemente un imposible: un punto en el que esté satisfecho con lo que le pasa externamente y al no encontrarlo (porque el problema está en su interior) tampoco se dará cuenta de la trampa.

“…Así, o bien el movimiento va al infinito, o bien, cosa más rara que presupone cierta fuerza de carácter, continúa hasta que encontramos un deseo que no se puede cumplir, pero que tampoco se puede abandonar. Entonces tenemos en cierto modo lo que buscamos, a saber, algo que en todo momento podemos acusar, en lugar de nuestro propio carácter, como la fuente de nuestros sufrimientos y que nos hace enemigos de nuestro destino pero que, en cambio, nos reconcilia con nuestra existencia, porque vuelve a alejar de nosotros la necesidad de admitir que el sufrimiento es esencial a esta existencia misma y que la verdadera satisfacción es imposible…”.

¿No será que pretendemos demasiado? ¿No será que el problema en realidad es “pretender”? Quizás si estuviéramos más predispuestos a “aceptar” el sufrimiento y no sólo el placer, la ecuación daría un mejor resultado.

Más allá de eso, es fundamental plantearse de “dónde” provienen el placer y el dolor.  ¿Viene de nosotros o de lo que nos pasa? Schopenhauer, sostiene que la fuente inagotable de ambos está en nuestro interior.

Si por el contrario, pensamos que dicha fuente es sólo externa seguiremos con la ilusión de que con el próximo cambio de circunstancias encontraremos la felicidad.

“Cuanto más bienes pretendas tener, más infeliz serás.” (Sobre la relación entre las pretensiones y las posesiones)

Schopenauer sostiene que: “Los bienes que alguien nunca se le había pasado por la cabeza pretender, no los hecha en absoluto de menos, sino que está plenamente contento sin ellos. Otro, en cambio, que posee cien veces más que aquél, se siente desgraciado porque le falta una cosa que pretende. También a este respecto cada uno tiene su propio horizonte de lo que a él le es posible alcanzar hasta donde se extiende y llegan sus pretensiones. Si un objeto cualquiera dentro de este horizonte se le presenta de tal manera que puede confiar en obtenerlo, entonces se siente feliz; en cambio es infeliz si surgen dificultades que le privan de la perspectiva de tenerlo. Lo que se halla fuera del alcance de su vista no ejerce ningún efecto sobre él. Esta es la razón por la cuál el pobre no se inquieta por las grandes posesiones de los ricos, y por la que, a su vez, el rico no se consuela con lo mucho que ya posee cuando no se cumplen sus pretensiones…”

Existe una relación directa entre nuestros deseos de posesión y la felicidad. No importa si somos ricos o pobres ni cuanto dinero tenemos. Nos hace infelices el querer cada vez más cosas, el que no nos alcance nunca el dinero que ganamos.

Schopenahuer dice “…La riqueza es como el agua de mar: cuanto más se beba, más sed se tendrá…”

“No!, no es tan así!”, nos decimos habitualmente:“…el dinero no hace la felicidad, pero ayuda a comprarla...” Ésta frase es ingeniosa y perdura porque evidentemente tiene algo de verdad, pero es una verdad a medias que difícilmente nos ayude a vivir en paz.

Es real si no podemos cubrir nuestras necesidades mínimas y básicas para vivir y es por eso que el mismo autor sostiene que sin una buena salud ni alimentación es imposible siquiera pensar en ser feliz.

Pero, una vez que nuestras necesidades básicas fueron satisfechas, seguimos ansiando  permanentemente tener cosas y temiendo perderlas.

Quizás exageramos un poco. ¿Seremos tan felices si conseguimos comprar “eso” que deseamos? ¿Seremos tan infelices si perdemos “aquello” que tenemos?

Éste filósofo expresa “…Tras la pérdida de las riquezas o de una situación acomodada, tan pronto como se supera aquél primer dolor, el estado de ánimo habitual no suele ser muy diferente del anterior, y esto se debe al hecho de que, una vez que el destino ha reducido el factor de nuestras posesiones, nosotros mismos reducimos en igual medida el factor de nuestras pretensiones. Esta operación es, ciertamente, lo propiamente doloroso en un caso de infortunio: una vez terminada, el dolor va disminuyendo hasta que finalmente no se lo siente más: la herida cicatriza. A la inversa, en un caso de buena fortuna, sube el compresor de nuestras pretensiones y éstas se expanden: esto constituye la alegría. Pero tampoco dura más tiempo del que hace falta para terminar del todo esta operación: nos acostumbramos a la dimensión más extensa de nuestras pretensiones y nos volvemos indiferentes hacia las posesiones correspondientes… La fuente de nuestro descontento se encuentra en nuestros intentos siempre renovados de subir el nivel del factor de las pretensiones, mientras la inmovilidad del otro factor lo impide.

Esta regla no está en contra de los bienes que podemos adquirir. No pregona ni promueve la pobreza o la inactividad. Simplemente nos advierte de la trampa en la que caemos cuando “pretendemos” adquirir algo: sólo será una alegría momentánea. Ese bien que tanto “ansiamos” terminará siendo el “viejo modelo” que despreciaremos cuando aparezca la “novedad”, y así la rueda del deseo y la insatisfacción seguirá.

En definitiva, reconocer que “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”

Lo mismo pasa con la angustia y el dolor por la pérdida de lo que tenemos. Es inútil dramatizar y sufrir desmesuradamente. El dolor durará un tiempo, pero si no afecta nuestras necesidades básicas, reduciremos nuestras pretensiones y nos acostumbraremos a esa pérdida.